EL SOMATÉN VILERO (1869)

SOMATÉN

Crónica nº. 410. El somatén vilero  (1869)

El Diccionario enciclopédico hispano-americano (Barcelona: 1887-1910) nos dice que el somatén es una reunión numerosa de gente armada, mantenida por un pueblo, ciudad o provincia en la antigua Corona de Aragón para defenderse del enemigo o perseguirlo, pero sin disciplina ni organización militar”. Aduce que la palabra procede del catalán “som atents”, “estamos prevenidos”. En Villajoyosa también lo estuvieron al poco de crearse el suyo propio. Corría el mes de agosto de 1869 cuando se reunió su alcalde, don José Esquerdo, (¿segundo apellido?) con los regidores José Furió e Isidro Esquerdo, alcaldes segundo y tercero, además de contar con la presencia de José Mayor, Francisco Urrios, Juan Btª. Lloret, Agustín Tonda, Antonio Buforn, Vicente Valenzuela y Jaime González. También estuvieron Jerónimo Galiana y Lorenzo Llinares.

Su alteza el regente, y por medio del Ministerio de Gobernación, había emitido un decreto que ponía en vigor la ley de 17 de abril de 1821 “sobre el procedimiento −citamos textualmente− en las causas de conspiración directa y a mano armada contra la Constitución, la seguridad del Estado y los salteadores de caminos o ladrones en cuadrilla en poblado o despoblado…” Enterado de eso el Ayuntamiento, procedió a organizar el somatén, que estaría bajo el mando de don Marcos Morales Pérez, capitán de reemplazo residente en Villajoyosa y que fue nombrado, al efecto, comandante en jefe. Éste había ofrecido espontáneamente prestarse al cargo ante las autoridades, y pronto debió dar las órdenes adecuadas; la señal de alarma sería la bandera en la torre de la parroquia, además de poner al vuelo la campana mayor. Esto en caso de ser de día; si de noche, la colocación de un farol en aquella altura y voltear de la campana. Por otra parte, el punto de reunión armada sería la sala capitular de las Casas Consistoriales. Al respecto, se tomó el acuerdo de comunicar al señor gobernador civil la organización de aquel somatén y hacerle saber que la villa no contaba con buenas armas de fuego, que sólo se disponía de un corto número de escopetas, siendo de absoluta necesidad la dotación al municipio de cincuenta fusiles cuando menos. Del gobernador se leyó también una circular de 30 de julio anterior. Su contenido instaba a los alcaldes que, de acuerdo con sus respectivos ayuntamientos, invitaran a personas de su vecindario a servir en los batallones de cuerpos francos, autorizados por el capitán general de Valencia y a condición de que no empuñaran las armas sino en casos de extrema necesidad. A cuantos voluntarios se dieran a perseguir carlistas se les abonaría una paga desde el día en que abandonaran sus hogares hasta la fecha en que volvieran a ellos. Se concretaba la cuantía para sargentos primeros y segundos, así como para cabos y soldados, ascendiendo a 9, 8, 7 y 6 reales respectivamente. Sabido esto por el Consistorio, los propios regidores se encargarían de promover un voluntariado entre los vecinos honestos y de confianza, sobre todo de aquellos que habían demostrado adhesión a la causa liberal. Esto sucedía, desde luego, tres años antes de que comenzara la tercera guerra carlista…

J. Payá Nicolau, Cronista Ofic. de La Vila

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