La Vila y la condesa de Montalegre

138. La Vila y la condesa de Montalegre (1718)

El día 27 de junio de 1718, sus mercedes los alcaldes y regidores de Villajoyosa tuvieron conocimiento de un asunto tan delicado como curioso: un vecino de la villa, Francisco Juan Lorca, había procedido a segar y recoger el trigo de unas tierras localizadas en la Cala… tras haber sembrado allí el grano. El mismo labrador desvelaba su acción al Ayuntamiento. Probablemente su confesión a estos gobernantes se debió a que se habría enterado, tal vez inopinadamente, de que había pleito sobre aquel pedazo del término municipal vilero. Y, en efecto, lo había; había un enfrentamiento entre Villajoyosa y la condesa de Montalegre. Lo leemos en el acta municipal correspondiente, ya que el Cabildo celebró sesión por aquello del trigo indebidamente sembrado y recolectado. Sus miembros entendieron sobre lo que se debia hacer “en razon de trillarle” (o sea, de trillar el trigo o no), según la exposición del referido Lorca. Se acordó que “la Villa daria providencia (acuerdo) en razon dlo que se devia executar (…) con la mayor brevedad, no sea cosa que la contraria parte haga algun atentado dlos que acostumbrado hazer queriendose inmisquir (sic) en dcha. tierra sin ser suya, sobre cuyo asumpto se deve dliberar”, dijeron.

En consecuencia, el Ayuntamiento ordenó que el Síndico “ponga peticion ante Su Merced el Sr. Alcalde ordinario (…) pidiendo en dcha. peticion declare Juridicamente dcho. Lorca quien ha segado el trigo sembrado sobre dichas tierras, y quantas vezes à entrado en ellas a trabaxarlas, ô, desu orden las han trabaxado (otros), porque executando en dcha. forma tendrá la Villa las penas justificadas, en que â Incurrido dcho. Lorca por haver entrado al cultivo (…) sin lizencia dlos que se la pueden conseder”. Al parecer, aunque sin datos claros sobre las pautas impuestas al labrador, él había prometido (¿a raíz del hecho ya consumado?) no laborar aquel terreno, y, si lo hacía, pagar 25 libras de pena cada vez que sembrara. Porque, ciertamente, aquella tierra de labor estaba incursa en un litigio. Para la prueba, Caetano Aragonés se afanaba en encontrar testigos en Finestrat que acudieran a Valencia para declarar sobre la secular pertenencia de aquel sector de la Cala −en el linde con Benidorm− a Villajoyosa. Valencia recusó los testimonios de vecinos vileros, pero admitiría los de otros lugares del partido. Así que, una vez localizados en Finestrat esos testigos, y debidamente aleccionados para sufrir el interrogatorio que iba a producirse, resolvía el Cabildo que Aragonés viajara a Valencia con aquellas personas, que serían nueve.

Para aquel viaje con los testimonios, el Ayuntamiento dijo “que se les deve dar (o pagar) por razon de sus trabaxos, en Ida, estada, y buelta, y en la cantidad que se compusiere” o se acordara. Caetano entregaría a la vuelta la minuta de los gastos y paga a los testigos. Y todo aquel asunto, precisemos, se debía a que no se encontraban pruebas documentales que respaldaran debidamente la propiedad vilera del terreno en discusión. Pero, como opinaban los regidores Geronimo Saragossa, Gaspar Linares y otros muchos vileros, Aragonés era un experto en aquel asunto, y podía aportar datos muy convenientes.

De vuelta al complicado tema del trigo segado por Francisco Juan Lorca, y que complicaba bastante la naturaleza de aquel pleito con la señora condesa, vemos cómo se pide al síndico “Se de (dé) a depositario abonado (persona de confianza) para que este lo trille, y limpie, y el que sacare, lo tenga a orden y disposicion de los Sres. de la Sala de la Real Audiencia (…), y que se remita copia desta deliberacion al abogado dla Villa, Dr. Juan Bautista Hervaz”, por ver si estaba de acuerdo con la resolución de aquel Consistorio. La respuesta fue que sí. Llegados a este punto, el escribano municipal hace más explícita el acta, mucho más que en otros casos, y por ello sabemos que, un año antes, el sembrador y recolector ya había declarado que atribuía a Benidorm la propiedad de aquel terreno donde sembró y cosechó la mies. Esto no aparecía en las actas municipales del año 1718, y en las cuales no hemos visto alusión alguna a Polop como dueño de esa porción de tierra. En el libro de Francesc Torres Faus, Les divisions territorials de la Marina (Ajuntament de Benissa, 1998), aparece mucha información sobre el pleito, viéndose cómo Finestrat se incorpora al litigio. Hay una concordia entre Roderic Gaspar Fajardo i Puigmarin, barón de Polop y de Benidorm, y Jacint Forner, “senyor de la baronia de Finestrat (…) per amollonar els termes de les seues baronies”. El tal Roderic era hijo primogénito de Doña Beatriz Maria Faxardo, señora de Montalegre, “y baronesa de Polop, Benidorme, Chirles y la Nucia”, un personaje que reclamaba la propiedad del terreno de la Cala cultivado por Lorca, el cual, teniendo allí “una heretat de 17 jornals de terra”, era acusado por el alcalde de La Vila de haver roturado “un altre jornal i mig” en término vilero… (Y hasta aquí lo que sabemos de este asunto).

J. Payá Nicolau, Cronista Ofic. de La Vila

La sabonería vieja

61. “La sabonería vieja” (1710)

En el año 1710 unos cuantos vileros se presentaron el 4 de junio ante el escribano público Francisco Vaello para formalizar una compraventa de tierras situadas junto al río Sella, hoy Amadorio. La caligrafía del ayudante de aquel notario, no muy inteligible, nos sugiere que la vendedora del terreno agrícola se llamaba Sirenia, y que Linares era (parece que se quiso escribir que “Linares era su apellido”). Esta vilera realizaba la venta en beneficio de Antonio Loret (sic) y lo hacía con el consentimiento de su hijo de ella, Visente Morales, que concurrió al acto de escriturar la consumación de la venta de tierras del ya difunto Visente Morales, marido de la susodicha. Ambos dos, leemos, “confiesan y otorgan, y reconosen que venden y por titulo de venta, libran ceden, y transportan, a Antonio Loret espargatero d dcha Villa (…) que esta presente y a los suios es a saber un pedaso d tierra secano y regadio llamado vulgarmente la Saboneria vieja con su drecho d agua dla sieca (acequia) dl Molino de la Llobeta que al presente alinda con el Camino Real que va Alicante (por el pie de la muralla junto al río), hasta un algarrobo que esta entre las dos siecas (acequias), y con tierras delos herederos de Gregorio Buforn”. (Este tipo de alusiones a lugares vileros, bien urbanos, bien rurales, no deja de tener su encanto para el cronista, que advierte cómo, de alguna manera, adquiere cierta presencia el espacio territorial vilero de aquellos años, aunque siempre nos faltarán piezas para redondear el mapa que ilusamente se quisiera completar).

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                                     “por el pie de la muralla junto al río”

Volviendo a la compraventa, había ciertas precisiones en el comportamiento posterior del comprador: “La qual venta hasen con el cargo y pecho (obligación) que dcho. Loret comprador haia d asistir a limpiar la Bassa dl Molino dla. Llobeta y la sieca que le tocase siempre que menester fuere, juntamente conlos Dueños dla Baseta, y en caso que no quisiera [ilegible] no se le de agua, y asi mismo que aya d pagar la peita a la Villa de Villajoyosa aquella que le tocare todos los años, y franca de otro qualquier censo y cargo, con sus entradas y salidas por el dcho. Camino Real que va Alicante, y no por otra parte y por precio es asaber d quarenta libras moneda corriente las quales confiesan aver avido y recivido en esta forma esto es Dies libras (…) Realmente de contado y a todas sus voluntades, seis libras dia y fiesta dla Virgen d Ntª. Señora de la Candelaria dl año venidero mil setencientos y onze…” Venía luego la relación de los diferentes plazos y cantidades de diez, ocho, seis libras, que se harían efectivas en las festividades de San Joan del mes de junio, Santo Tomás Apóstol ya del año 1711, y para la entrega definitiva por San Juan Bautista de 1712. Los vendedores, madre e hijo, “desde ahora en adelante −aceptaban ambos explícitamente− se apartan dl drecho d posesion, propiedad y señorio” que tuvieren hasta entonces sobre aquella tierra, “y lo renuncian enfavor d dcho. Antonio Loret comprador y en quien sucediere en su drecho paraque como cosa propia suya la posea, Goze canvie y enagene, asu Voluntad, como Dueño ansoluto sin dependencia alguna”, etc. No transcribimos aquí algo más de dos folios restantes, cuatro páginas, y que versan sobre leyes y tribunales a invocar en caso de incumplimiento, de los vendedores sobre todo, que era un prolífico maremágnum de prodigiosas previsiones ante lo que pudiera pasar. y que daría trabajo a los abogados, desde luego. (¿Cuántas horas de caligrafía en redacciones de esta índole?). Al final, y en el momento de estampar las firmas, la dicha Sirenia pedía a Juan Morales, su hijo, que firmara por ella, pues no sabía hacerlo, y los testimonios con capacidad fueron Blaz Julian (éste aparece en varios documentos como testigo, y creemos que sería un joven que estaba de aprendiz con aquel escribano), Visente Soler, que era pescador, y Mathias Loret, menor también y asimismo pescador. Al decir “menor”, repetimos, se trataba de distinguirlo de otro Mathias Loret de mayor edad, quizá su padre, una costumbre de entonces en los documentos y por la cual, qué lástima, dejamos de saber el primer apellido de la madre, discriminada también en eso… si la ausencia de su cognombre no se debía a una decisión personal de los notarios, claro. 
J. Payá Nicolau, Cronista Ofic. deLa Vila

CALLE MAYOR, TREINTA Y NUEVE



Genéricamente, y de modo universal, la calle mayor de un pueblo es el eje del agregado urbano y compendio de mucha historia, acumulada con los años, con los siglos. En este dibujo no podía faltar el arco que sostiene las Casas Consistoriales, la Sala: lugar de deliberación y discusión y acuerdos para la mejora de Villajoyosa. Es edificio que ha recibido composturas, arreglos de su situación casi en ruinas en tiempos lejanos, siglos XVII y XVIII. En el XIX se decidió adquirir tres solares contiguos para extensión de sus oficinas, según vemos en libros de 1875 y 76. En el Censo de 1898, y para elecciones, sabemos de vileros que vivían en la Calle Mayor: Francisco Campos Farach(zapatero), Gerónimo Cerda Lloret (abogado), José Fuster Marcet (zapatero), Raimundo García Pérez(tablajero o carnicero), Andrés Llinares Nogueroles (arriero), Pedro Aragonés Aragonés (propietario, sin duda alguna), Jaime Mayor Galiana (sirviente), Andrés Morell Buforn (carpintero), Miguel Ruiz Galiana (médico), y otros como el organista Miguel López Mayor o el erudito local Francisco María Martínez Esquerdo, autor de una historia, desaparecida, de Villajoyosa. O el chocolatero Nicolás Uris Barber... (En ese Censo de electores aún no figuraban las mujeres).
BLASVivió en la Calle Mayor el poeta popular más querido de Villajoyosa: Blas Mayor Tonda, “el tío Blai”. Y allí murió. Murió en 1958, casi bajo la arcada del edificio del ayuntamiento… cuando, acompañado por Vicenta Sánchez Ramis, su nuera, subía hacia la estación del ferrocarril para que le visitase un médico en Alicante. Su vida de hilador fue una entrega, además, a la poesía y al teatro, alcanzando calidades considerables, y siempre dispuesto a trabajar en el teatro para recabar unos dineros para enfermos o pobres la Vila Joiosa y en tiempos de hambre y graves penurias. En su poema titulado “Sueño del poeta”, y que dedicó a Emilín Brotons, decía; “No olvides al viejo autor. Su dirección es muy breve: Calle Mayor, treinta y nueve, allí vive Blas Mayor”. Los vecinos de esta calle, tan llena de historia local, no le olvidarán. Como no lo hará la Villajoyosa de aquella época y muchos vileros de la presente…

C.MAYOR

J, Payá Nicolau

 

EL MOLINET DE LA LLOBETA

El puente sobre el río, el de la carretera de la Marina (como se decía en el siglo XIX) se inició en 1790… y fue terminado -por varias detenciones de la obra- en 1868. Antes que él saltando sobre el lecho fluvial, ya estaba el ingenio de moler instalado en lo que sería su pie de poniente. Los vileros le denominaban “molí de la llobeta”, tal vez porque, como dicen testimonios antiguos, allí fue a parir una loba hace dos o trescientos años. La fuente que vemos reflejada en el elo­cuente dibujo de P. Estevan es una remodelación del lugar, que allí hubo grifo público y hubo abrevadero, pero que fueron removidos en los años sesenta…
“El molinet” era uno de los siete molinos harineros con que contaba Villajoyosa, por datos de 1845 tomados del diccionario de Pascual Madoz, señalando un par de ellos en el río Torres. Después de la fuerza hidráulica aplicada a este postrer molino, final de trayecto y de condi­ción motriz, las aguas se dirigían por acequia a Les Puntes, producién­dose el riego de aquellas tierras agrícolas, tan cercanas al mar. Agricul­tores vileros de selecta capacidad para los cultivos extraían de dichas tierras buenas hortalizas, y no eran menos copiosas y saludables las cul­tivadas en los terrenos del “molinet de la llobeta” por el padre de nues­tro conocido amigo vilero Jacinto Lloret Orozco, con métodos de sabidu­ría popular para deshacerse de los depredadores de la cosecha de verdu­ras y hortalizas. ¡Eran otros tiempos y se apreciaba el producto de la tie­rra, no la especulación constructora que ahora rige y desbarata paisajes y huertos.

MOLLOBETA

J .Payá Nicolau

“Garrofas para los pobres”

44. “Garrofas para los pobres” (1709)

En vista de cómo fueron las cosas en Villajoyosa ante la pérdida de los fueros valencianos, y sobrevenida la implantación del castellano en la Administración, el pueblo vilero quedaría expectante frente a la aparición subitánea en esta tierra de gente con habla diferente a la suya. Castilla había impuesto leyes nuevas y castellanos que las aplicaran. Y todo ello mientras seguía la Guerra de Sucesión y la pretendida resolución real de sustituir todos los impuestos por uno solo: el del Equivalente. En adelante, el objetivo dominante sería el de recaudar impuestos para las guerras de esa monarquía. No importaba que el vasallo tuviera una corporación que rigiera la vida local: el imperativo atosigante de la recaudación se llevaba por delante incluso a gobernantes del pueblo que no hubieran hecho −o se supusiera que no− lo más adecuado para el cobro de impuestos que ingresaba la monarquía.

En aquel estado de cosas, a 22 de julio de 1709 se procedió a nombrar síndico procurador general, “para que asista a los Ayuntamientos (…) porque según Pareseres de diferentes personas Castellanas −exponía el alcalde ordinario,Caetano Aragonés−, y de dcho. Sr. Dn. Antonio de Fl‬gueroa, Se requiere en los Ayuntamtos. persona nombrada por esta Villa (…) y atendiendo que en la Persona de Jayme Aragones (…) con curren las calidades necesarias para semejante empleo…” etc. De ahí que el aludido acudiera a todas las sesiones del Cabildo, “protestando lo que no le pareciere bien (…) y jure en mano y Poder de dcho Sr. Alcalde el Portarse fielmente en su empleo de Sindico, sin Pasión, amistad Ni parentesco”. El interesado había sido convocado por el pregonero, Francisco Delfi, a la Sala. Allí aceptó el cargo y se procedió al juramento ante los evangelios, como era preceptivo. A 20 de noviembre, este síndico aún no había disentido en nada de lo tratado en las sesiones celebradas, en las cuales todo se había resuelto por unanimidad. Pero la materia recurrente de ellas seguía siendo la contumancia del apremio por impuestos que había que pagar. Aquellos antepasados nuestros no conocían presiones tan intensas como las de los tributos que a la villa reclamaban las altas instancias de la monarquía, y era inútil esgrimir la pobreza de solemnidad de muchos de los vecinos, muchas veces derivada de malas cosechas agrícolas y toda suerte de contrariedades.

(Unas semanas antes, el alcalde ordinario primero, con el apoyo de Thomas Mayor, segundo alcalde, y regidores y síndico, decidieron castigar a los vecinos que sacasen algarrobas de Villajoyosa, tanto por tierra como por mar “por ser estos frutos buenos para el mantenimiento de los Pobres en el caso de Necesidad, y así mesmo es de sentir que Thomas Galiana (…), arrendador de la Sisa Mayor, está deviendo tres Siestas y cinquenta libras (…) de su primer Pagamnto., cuya cantidad la cobre esta Villa y tenga en deposito y Promta para subvenir a las mayores necesidades que de Repente se le podran ofrecer a esta Villa”. Y también para solventar el nuevo ajuste que con los acreedores de La Vila se había gestionado en Valencia hacía poco.
Un convenio −explicó el alcalde− que fue firmado por el Dr. Leonart Esteve y Casa Nova, el abogado de los acreedores valencianos, y que casi habían roto la Concordia establecida con representantes de los vileros anteriormente. (En tres o cuatro meses, ¡cuántas idas y venidas a Valencia para resolver parte de la presión impositiva y rehuir las penas anunciadas a Villajoyosa! Y no digamos de las graves porciones de trigo −aunque mediante recibo− para la capital alicantina, o del gasto por alojamiento de tropas en La Vila en casi perpetua vigilancia de la costa contra los austracistas).

Acababa, pues, el año igual que había comenzado: con estrecheces crecientes, reclamaciones pertinaces e irreductibles, bien de moneda, bien de especie. La farragosa secuencia de estas miserias sólo comparece aquí resumida, de modo sumarial. Queremos que no queden en el olvido y que se reflexione sobre tantas cuitas y preocupaciones en aquella vida municipal, que prohibía extraer del término la Tableta de Algarroba negro

algarroba por si la población mísera la necesitara como alimento: Gracias a Dios, los poderosos algarrobos vileros −hoy diezmados de manera fatídica y puede que irresponsable− podían dar de sí para aquel menester. Lo harían igual en la posguerra del 36. Del árbol a la boca y también incorporado su fruto al sucedáneo del chocolate. Entonces también se dieron, y simultáneamente, los sombríos sucedáneos de la libertad y dignidad humanos… mientras, tostada y molida la algarroba, pasaba por el fogón casero para simular un café sin grandes pretensiones, como se puede suponer.

J. Payá Nicolau, Cronista Ofic. de La Vila

Una ballena disecada

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516. Una ballena disecada (1954)
(De “Papers de La Vila”)

En 1954, como puede suponer el lector que aún no había nacido y sí que lo sabe quien ya hacía años que andaba por el mundo, las distracciones que podían darse en los pueblos y ciudades pequeñas dependían más que nada de la imaginación creativa del personal. No obstante esta desolación, estaba la radio, aunque había poquísimos aparatos, todavía privilegio, llamativo y envidiado, de unos pocos. También estaban el cine y el teatro, al que, muy a la larga, se podía sumar una compañía de circo ya en plan superviviente… y disfrutados estos espectáculos por grandes y pequeños, aunque no tantas veces como hubieran querido ellos. La frugalidad obligada de aquellos años era producto evidente de la autarquía del régimen político, y cada individuo se las ingeniaba para mantenerse con el cupo diario de su ilusión. Los niños seguíamos la pista de El Guerrero del Antifaz o de Roberto Alcázar y Pedrín, imcombustibles el uno y los otros. Había muchachos que se inclinaban también por las aventuras del FBI o El Cachorro, sin perjuicio de que alguna vez leyeran las trapisondas de Casildo Calasparra, Zipi y Zape o Cucufato Pi. Muchos adultos y gente mayor, y que no eran analfabetos estaban vinculados semanalmente a las novelas del Oeste por antonomasia, aquellas de M. L. Estefanía y Fidel Prado, muchos de cuyos ejemplares eran portadores de todos los microbios del orbe y presentes en los quioscos de periódicos. Sí, microbios, hasta el extremo de que las autoridades sanitarias pensaron en prohibir el intenso trasiego de la literatura que se denominaba “de cordel”).
La sesión permanente del Ayuntamiento de Villajoyosa concedió un curioso permiso el 17 de diciembre de aquel año, 1954: don José de Maturana San Martín, con domicilio en la calle García Morato, 124, Madrid, se había dirigido al Consistorio una semana antes con la pretensión de exponer en Villajoyosa, y en lugar céntrico, una ballena disecada. Pedía un espacio de unos 300 metros cuadrados para la tienda de que era portador, comprometiéndose a no cobrar entrada a los niños de las escuelas oficiales de la localidad y tampoco a los acogidos en establecimientos benéficos. Con su petición aportaba la relación de los lugares de que dispuso el cetáceo en Madrid y Barcelona, a saber: paseo del Prado, plaza de la Moncloa y Ramblas “junto a Colón, respectivamente”. Estaba en posesión don José de Maturana de sendos certificados de las “gloriosas” exposiciones de la ballena en estas capitales y afirmaba que las autoridades de la Dirección General de Sanidad habían examinado el animal marino sin encontrar objeción alguna para su exposición itinerante por España…

La permanente municipal, presidida por el alcalde, don Jaime Soler Soriano, ni siquiera sometió a discusión lo pedido, permitiéndoselo “con la obligación por parte del peticionario de abonar los derechos que correspondan”. En aquella sesión también estuvieron don Juan García Farach, Ambrosio Mayans Ferrer y Tomás Amorós Tonda, siendo secretario del Ayuntamiento don Manuel Burgos Fernández. Sin duda, estas personas creyeron oportuno crear para los niños vileros, mayormente, unos días de grato esparcimiento, ya que sus componentes eran conscientes de la escasez de diversiones para mayores y pequeños. También podrían darse múltiples lecciones ocasionales ante la ballena, la que pudo imaginarse espectacular por las dimensiones del local acotado para su exhibición, y según pedía don José de Maturana. Pero ¿dónde se expuso y cuándo? En estos días de 1999 he preguntado a personas de mi edad… y nadie de los cinco o seis interpelados recuerda la ballena viajera por tierra. Sí que recordamos, no obstante, un cachalote varado y muerto en la playa del Paraís y también por esos años y con la concurrencia multitudinaria de la chiquillería corriendo más de un kilómetro para regalarse los ojos con tan inesperada, y luctuosa, aparición en las arenas de esa parte del litoral vilero…

José Payá Nicolau, Cronista Ofic. de La Vila

DE LA SOLEDAD

Del libro del reverendo Andrés de Sales Ferri Chulio (“Grabadores y grabados alicantinos, siglos XVIII – XIX, Alicante Instituto “Juan Gil Albert”. 1999), entresacamos noticias de un grabado de Nuestra Señora de la Soledad, de mucha devoción popular en Alicante. Kn el año 1795, Carlos IV concedió el título de Conde de SotoAmeno a don Nicolás Andrés Escórcia Ladrón y Pascual Riquelme. Este noble profesó “particular devoción a una imagen de la Soledad venerada en el convenio de religiosas canongesas de la Sangre de Cristo, muy próximo a Santa María, de la que el mencionado noble era feligrés”. Por agradecimiento a la Monarquía, encargó a un grabador la estampación de una lámina con la efigie de la mencionada escultura. Pero antes, en 1606 llegaron a Alicante esas dos monjas, que fundaron el convento de la Preciosísima Sangre, y allí se veneraba a la Virgen de la Soledad, pero que fue destruida por tropas inglesas en 1709 durante la Guerra de Sucesión. Si Villajoyosa venera a esta Virgen quizá es por la que figuraba en el precitado convento, y hay que decir que las monjas aludidas eran agustinas.

J. Payá Nicolau

De la pólvora y el ganado

129. De la pólvora y el ganado (1717)

 
En 1716 hubo que ver, como hemos dicho, en qué condiciones se encontraba la fortificación de Villajoyosa, cosa que obedecía al mandato de una orden real extensiva a poblaciones litorales cercanas. 

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También se procedió a repartir pólvora entre los vecinos del departamento corregimental, cuya cabecera era Alcoy. La orden y asunción de este reparto se trasmitía en enero de 1717 y podía ser que se relacionara con los reveses que iban sufriendo las tropas de Felipe V en la guerra, situación que empeoraría en agosto al ser derrotado en Sicilia por la flota inglesa. El eco de esas pérdidas puede que indujera a la referida distribución, que no era opcional. Procedía aquella orden del Sr. Marqués de Villacañas, Gobernador y Capitán General del reino “para que los pueblos d. esta Governacion entren en el arrendamtº. de la Polvora fina ajustandose con Dn. Jayme Faura, Apoderado [que es] de Dn. Sebastian Terrible, y Dn. Bernardo Doncellot, Administradores de dchª. Polvora fina, encabezando (pagar tributo) á este fin al respeto del vesindario en cada Pueblo, y obligandose a consumir á razon de libra y media castellana por cada vesino en cuya consideracion se les consedera (…) lisencia para armas. Venía a continuación la orden de enviar a los síndicos a Alcoy para retirar la mezcla, no dejando pasar más de tres días luego de recibida la orden. La inobediencia, decía el escrito, sería castigada. Se hacía también mención del pago que el Ayuntamiento tenía que realizar de modo que el veredero recibiera el emolumento por cu viaje, y que solía venir tasado en el propio documento que se trasladaba. (En el margen izquierdo de la carta aparece una enumeración vertical de los pueblos que, al parecer, recibían la orden, a saber: Benifallim, Relleu, Sella, Orcheta, Villajoyosa, Alcolecha, Benasau, Penáguila y Benilloba. A cada uno de éstos se le asignaba una cantidad de dinero, de una a cinco libras, como en el caso de La Vila, y seguramente el precio de la pólvora a retirar. Y, si no hemos interpretado bien la abreviatura, también podría referirse a dineros o sueldos a percibir en cada destino por el mensajero de a caballo…).

Estando en Alcoy el alcalde ordinario de Villajoyosa por diferentes asuntos, decidió el Ayuntamiento delegar en él para lo de la pólvora, y mediante recado por mensajero propio. ¿Y qué hacía D. Francisco Juan Llorca en Alcoy? Pues trataba con el gobernador un tema provocado por Caetano Aragonés, quien se volvía atrás en una venta de 400 mulos de la cual percibiría el Ayuntamiento vilero, de inmediato, un dinero con que pagar atrasos en impuestos. Allí el edil contactó con Gerónimo Miralles de Benifallim por si quería mercar la machada, pero éste sólo adquiriría 250 cabezas escogidas y para unos amigos de la Hoya de Castalla. El Ayuntamiento vilero comprendió que ese trato no gustaría a Caetano, y así fue: los desechos eran demasiados. Y cuando los ediles de Villajoyosa decidieron apalabrar los 400, vender al de Benifallim la cantidad que necesitaba y pagar al vendedor “entre dos Quaresmas”, éste ya había reflexionado y concluido que el Ayuntamiento no podría pagarle en el plazo establecido. Ordenado por el Justicia alcoyano que Caetano respetara su palabra, éste pidió dos fiadores para el trato, uno de Muro, don Francisco Alonso, y otro de Alcoy, don Blas Valor… porque no admitía garantes de Villajoyosa. Tras discutir tenazmente, admitió vender. Se buscaron tasadores de confianza del Consistorio vilero y del terrateniente, siendo los hermanos Joseph y Thomas García, de la baronía de Sella, el primero designado por el vendedor. Todos se desplazarían a la partida del “Realet de Finestrad” (sic) “donde estaba la referida machada apasentando”. Isidro Lorca el Menor representaría al Ayuntamiento de La Vila. Lorca subió allá la mañana acordada “y llevaría para el gasto d. el y dchos. Garcías un poco de pan, vino y carne”. Cerrar el trato era urgentísimo, puesto que don Thomas Calderón de la Barca estaba dispuesto a enviar a Villajoyosa sus soldados… y aquello no era una simple advertencia…

J. Payá Nicolau, Cronista Ofic. de La Vila

LA HERÁLDICA VILERA

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Esta visión, adquirida desde el puente de la carretera en dirección a Valencia,y Levante en general, constituye, sin duda alguna, la heráldica de Villajoyosa, el signo claro e incuestionable de cómo se aprovechó el poderoso lienzo de esta parte de las murallas para, con sus mismas piedras, levantar viviendas que albergaran el crecimiento de la población. Los colores que en la realidad ostentan estos edificios son la continuación cromática del colorido que se reúne en las fachadas de las casas playeras de los vileros. ¡Si pudiéramos contar, y reunir, los millares de fotografías que han motivado estas casas también sobre el río en gentes de todos los países!

No hay nadie que llegue a Villajoyosa que no se detenga, encandilado, a regalarse con esta percepción. Incluso quienes pasan en su automóvil querrían que un semáforo les detuviera más tiempo del prescrito para poder saborear regalo visual tan gratificante. Extranjeros y nacionales saben ver, además, la configuración de un poblado que se dotó de muros para defenderse de atacantes moros y turcos a lo largo de siglos de pesadumbre y espanto. Lo que no es fácil es que sepan con qué ardor y valentía se desarrolló la defensa año tras año. Vileros hubo, por supuesto, que armaron buques en corso y sometieron a su poderío a algunos de los pretendidos invasores, que “insultaban” bajo el pabellón de la Media Luna…
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En siglos pasados, y para viajar a Alicante también, imagínese el lector cómo de transitada estaba esta cuesta por carruajes y animales de carga que, bordeando los cimientos de la muralla, llevaban al lecho del Amadorio (si entonces se llamaba así este río ocasional) y luego a lo que, siendo ese conducto, vería nacer las primeras viviendas del Poble Nou a la capital. En tiempos de los ejércitos de Felipe V, y bajando el agua a lo largo del lecho fluvial, había vileros que tenían que cargar a sus espaldas a oficiales de los destacamentos que llegaban a Villajoyosa para salvarlos del ligero caudal del momento (!), otra servidumbre infligida a La Vila, que ya había sido degradada a la consistencia de aldea por el gobierno borbónico por haber sido del bando austracista. En fin…

J. Payá Nicolau