PASAJES EN PROSA

HABAS CONTADAS    (De “Apenas si se supo”)

Al Alqamah le fastidiaba sobremanera pasarse el día en su casucha de la playa, a veinte pasos del lecho del río y a menos de la orilla del mar, en donde el oleaje dejaba sus salitrosas y oscuras acumulaciones de algas. A mano, pues, tenía el río, que allí terminaba con charcas dispersas, malolientes en verano, y con anchas áreas sembradas de piedras considerables y hostiles que habían ido arrastrando, hasta la boca del mar, las avenidas de las lluvias otoñales de años y años y de siglos. La inercia que le afectaba le empujaba, simultáneamente, a emprender la misma caminata que en otras ocasiones había acometido río arriba…hasta alcanzar un punto indeterminado, dependiendo de lo propicio que el trayecto le resultara. De todas formas, le ganaba muchas veces la amenidad de aquellos parajes solitarios del cauce, la multivariedad de sus elementos naturales y, por feliz añadidura, el atractivo de sus taludes, desgarradas sus paredes arcillosas pero también, aquí y allá, con hazas agrícolas y plantaciones cultivadas. (El campesinado ancestral había luchado con rigor, casi con obsesión, por arrancarle al río toda piedra posible y con la idea, lograda y sostenida, de abancalar declives incluso abruptos para diferentes cultivos. Se advertía claramente que aquellos muros escalonados, paralelos al cauce, y a diferentes alturas contra los altos ribazos, estaban formados por piedras erosionadas y muy próximas en la forma a masas esféricas, un esforzado aprovechamiento que los antiguos campesinos habían llevado a buen término…).
Río arriba, pues, y alcanzando a un punto de la anchurosa barrancada en pocos sitios del río había angosturas serias— donde los bancales bajaban hasta las mismas matas de la adelfa y los cañares, Abdallah Alqamah el Persona, para unos cuantos— recordaba una cierta aventura que coprotagonizó años antes y en sitios similares, río arriba, arriba. Lo había contado y quizá más de una vez en la cantina donde se acuartelaba Remigio cuando le daba al morapio peleón e infame entre aquel zipizape de vociferantes adláteres, la astrosa cofradía de los más vagos o inconsistentes de aquella zona playera. Se podía decir que allí las habas eran contadas, a tenor de historias como la que, río arriba, arriba, evocaba Abdallah mientras tomaba el chisquero para aplicarlo a la socorrida colilla callejera, ya entre los labios. Siendo crueles y cuitados aquellos tiempos, el hambre y los ingeniosos remedios que ésta dictaba podían relatarse sin que los oyentes, medio trompas o casi, se escandalizaran invocando la dignidad y otras debilidades de la moral.
-Hace ahora tres años añoraba el Alqama, grandote y siempre como soñoliento—, yo y Çalat subimos a la Cenia Grande porque el tío Burió nos encargó sembrarle dos kilos de habas. Nos fuimos por el río, arriba, arriba, tan contentos y anda que andarás, y, al llegar a los bancales de Llibers, delante del refugio agrícola, se nos ocurrió que podíamos encender un fuego…y hervir todas aquellas habas. Enseguida —proseguía— nos pusimos a buscar algún bote metidos en la antigua corraliza, un bote o algo parecido. Dimos con uno grande que podía valer para el asunto. A pedradas lo enderezamos y quedó listo para la cosa…Después prendimos el fuego y pusimos a hervir las habas, que venían bien maceradas y listas para sembrar…Pero entonces pensamos que para aquello necesitábamos, por lo menos, un litro de vino.
Uno de los dos, Çalat, menos corpulento y más ligero que su compañero, emprendió la marcha y, río arriba, arriba, se llegó al lugar de Orcheta para traerse el vino y volver cuanto antes porque atardecía y refrescaba con la proximidad de la noche. Pero, ¡qué lástima!, no se les ocurrió lo de la sal.
– Podías haber pedido yo un poco de sal -se lamentaba Çalat, manifiestamente contrariado a su vuelta .¡Cago en Dena! A cambio de la imprevisión, no había bebido ni una sola gota de la botella de vino que de tan lejos se traía, cosa que no tuvo que demostrar.
-¡Es que eres un borrico, Çalat! ¡Mira que no traerte un papelito de sal…!
– ¡No dijiste nada de sal! —Era lo de siempre, y la réplica era, igualmente, que para algo tiene uno la cabeza.
Pero no por desabridas se quedaron en la improvisada olla. Les alegraron la panza en pocos minutos, aunque la deglución de cada una contenía el lamento de la sal ausente. De sabor tan extrañamente dulzón se desquitarían ambos pillos cuando, ya en casa cada uno, pusiera a hervir los dos o tres puñados que se guardaron para la cena con los suyos. Eso ya lo paladeaban mientras cavaban los hoyos para enterrar cautamente los hollejos de la leguminosa. Mientras, y como si el cielo tuviera una sembradura de vetas auríferas, las estrellas más adelantadas parecían parpadearles una especie de misteriosa complicidad.
Acabado el relato, los oyentes querían saber seguramente tenían su derecho qué diablos le habían dicho al tío Burió en cuanto pasaron dos o tres semanas…y las plantas no aparecieran por ningún lado. Como quiera que se limitaran a enterrar los hollejos, el propietario podría pensar —dijeron, tan tranquilos como divertidos— que algún bicho asesino, un bicharraco cualquiera, habría terminado con la simiente. Y en efecto: llegado ese tiempo, y según se sabría en toda la barriada de San Antonio de las Huertas, el tío Burió, que hurgaba con el dedo en la tierra de la tabla, no advertía yema alguna por más que escarbaba. Él en persona miraba y miraba, pero nada de nada: sólo encontraba dispersas pieles, húmedas y ennegrecidas, huecas. La segunda o tercera vez que lo hacía en diez o doce días ya empezaba a resignarse y como adoptando la sabia medida de no querer enterarse de lo que allí había pasado de verdad. Si alguien le hubiera visto inclinado sobre los surcos tanteando científicamente e invocando los brotes deseados, quizá le hubiera oído canturrear aquello de los gusanos: “¡Ay, los gorgojos, los gorgojos!” Que así parecía hacerse cargo de la estafa, perpetrada por, al menos, dos gorgojos. Una de aquellas tardes de obsesiva y frustrante indagación, su hijo mayor, Gerardo, le interpelaba con sombría prudencia.
-Ha sido el bicho, ¿no?
-El bicho, sí. Dos, que yo sepa…Dos gusanos.
El joven creía haber entendido. En la barriada donde quedaba su casa parental y otras tierras agrícolas de arbolado y hortalizas, si se supo aquello y se comentó con las chanzas de rigor a semejante burla, fue por Gerardo, que quería pedir explicaciones a Çalat y al otro…gusano. Echaba pestes de ambos, sin poderse contener y congestionado, habiéndose ido de la lengua en una reacción que parecía natural ante la afrenta inferida al padre. Y porque calificó de inoperante y pasiva la ironía del abuelo, quien, en tono bíblicamente resignado, acabaría por repetir aquello de “Dios los haya perdonado”.
-¿A los gorgojos?
-A los gorgojos o a los gusanos! ¡Ya qué más da! El año que viene…, en fin.

José Payá Nicolau, de su novela “APENAS SI SE SUPO”


ANARQUISMO VILERO EN 1931  (De “Apenas si se supo“)

<<Las masas obreras creían estar viendo la ocasión de librarse de yugos tradicionales, pero el estúpido libertinaje y las confrontaciones que hubo entre elementos del Frente Popular irían a desembocar en la pérdida de la guerra y en la feroz represión de Franco, siempre bendecido por la Iglesia. Implantada la República, había reaparecido la ya histórica e inaplazable reivindicación de los explotados secularmente por la clase dominante, y rápidamente se advertía -era otro tipo de incendio- que “la famélica legión” no iba a esperar tiempos razonablemente propicios para las reformas. A lo largo de los siglos, el pueblo había sido engañado demasiadas veces por sus gobernantes, y por ello desconfiaba de modo ostensible de las promesas políticas de su redención…
Venía aquí, desgraciadamente, y como anillo al dedo para apoyar el razonamiento de semejante colisión, la idiota soflama de violencia aparecida en un semanario que se editaba en nuestra ciudad (por Villajoyosa) en el año 31, y en cuyo primer número -del sábado 12 de mayo-, el firmante J.S.S. (de las Juventudes Socialistas) arremetía contra la derecha política justificando como apropiadísima la quema de templos y conventos en Alicante capital y provincia, incluido enfáticamente lo ocurrido en nuestra localidad. Discurseaba con el tono propio de quien ha quemado imágenes sagradas, y según lo que releía el Miau con irritación: “Considero el 11 de Mayo como la fecha más memorable para la historia de nuestros días, porque las multitudes como un solo hombre han sabido imponerse al Gobierno provisional de la República que, si bien formulan sus peticiones pacíficamente como ha ocurrido en el día de la Fiesta del Trabajo en toda España, no es por falta de virilidad y energía, sino por mezcla de consideración, respeto y condescendencia del pueblo para los hombres en quien desde el chispazo revolucionario de Diciembre, depositó su confianza y fe ciega (confianza y fe que tiende a desaparecer) al contemplar el pueblo que sus peticiones no son atendidas, y que en cambio significados elementos del poder central se empeñan en proteger y hasta incluir en la Naciente República a elementos viles y nefastos del antiguo régimen monárquico…” (Ahí estaba lo de siempre: la atribulada y exigente prisa por la solución de los agravios inferidos a la clase obrera, la más desfavorecida siglo tras siglo). Luego, el articulista emitía amenazas de violenta reivindicación progresista contra el gobierno “de Alcalá Zamora (…) y de esa parte del clero reaccionario que pide a grandes voces la restauración Borbónica, para proseguir al amparo del ansioso Rey, lucrándose con sus obscuros negocios a expensas del pueblo”. Con ello, estaba apoyando los ataques habidos aquel siniestro 11 de mayo contra los edificios del culto católico. El alegato se había escrito y firmado un día después de los condenables sucesos, y la publicación lo daba en primera página.

>>Un régimen democrático -percutía Pitágoras en su cuaderno, con letra de quien cuenta con poco papel para escribir-contiene su propia posibilidad de perder eficacia, cuando no la inconfundible probabilidad de desaparecer con anterioridad a cualquier pronóstico amable de duración. La causa es sencilla, y se basa en la misma razón que le imprime carácter, ya que esta razón consiste. por definición,en la libertad de disentir que se reconoce a sus militantes. ¡La libertad de disentir! En ciertos casos, y más allá de la discrepancia de un grupo interno frente a otro en la gestión de lo público, se produce una confrontación en la que intervienen más de dos criterios imperativos, tres, cuatro o cinco -y quizá más-, y no sólo de exposición, sino de estrategia resolutiva de actuación inmediata, acelerada. Si hay colisión sin adopción consensuada de una única directriz —apretaba Pitágoras, cuidando mucho la precisión—, el tejido estructural democrático puede perder cohesión relacional para dar paso, fatalmente, a la disensión activa y embarazadora. Por tanto, ¿qué grado e intensidad de democracia sería aconsejable? Si se ha de admitir, por honestidad, la disparidad de criterios sin permitirse veleidad política alguna, admítase que el sistema democrático no es viable en una sociedad compuesta por individuos de la especie humana…, máxime si esos grupos están agusanados por gente inculta y, por lo tanto, y violenta. Si se propone que seamos honestos a ultranza, el sistema democrático no sirve como instrumento político de gestión. Sólo será eficaz cuando se acuerde por mayoría una especie de “deshonestidad operativa”, y cuya sustancia sólo sea la de una relajación no perseguible del rigor de las leyes. Una aplicación implacable de éstas impide la gestión cabal de la cosa pública” (…)>>.
-¿Tú has entendido algo?
-¿Yo? ¡Qué va! Ha dicho algo de una cosa democr…No sé. Yo creo que es algo parecido a lo que predica a escondidas don Fabián Urbios a sus discípulos. Eso se estudia en Ciencia Política. Nosotros no podemos entender semejantes cosas. Ni siquiera mi hermano las entiende, ¡y eso que estuvo años y años estudiando en Alicante…!
-¿Antes o después de los bombardeos…?
-Después. ¡Pero sí que le bombardearon a calabazas muchas veces, en junio como en septiembre!
-¡Vaya, hombre! Pero la calabaza al horno, ¡qué cosa tan buena!

José Payá Nicolau (De su novela “Apenas si se supo”)


 

UNA ESCENA ESCOLAR DE “Apenas si se supo”

El capitán se había puesto en evidencia ante algunos caballeros cristianos. Aunque pronto se reharía y su ímpetu vengativo se revolvería contra el Guerrero tan pronto como creyera tener un mínimo pretexto por aleatorio que éste resultara…

-“Al pronto, cuando vi aquel genio tan pronto, le juzgué mal, si bien pronto varié de parecer, pues pronto aprecié que su pronto era motivado por un mal doloroso que lo consume, mal que lo sobrelleve resignadamente, ya que su bondad se conoce ya de todos, ya de ahora, ya de antaño”.
-Pero, ¿qué libro es ése? La pregunta se le dirigía al marginal que a nuestro lado recitaba aquel fragmento de disparatado léxico. Lo hacía en abrupta e impertinente intervención cuando los demás estábamos agrupados alrededor del cuaderno “En Tierras Africanas”.
(En la soberbia portada de ese tebeo estaban el enmascarado y su escudero. Los dos corrían evidente peligro, sometidos como estaban al embate de gigantescas olas marinas y a bordo de un navío impresionante cuyo aparejo sufría y soportaba locas acometidas del viento).
La redundante lectura libresca que acababa de infligírsenos procedía, obviamente, de un libro del conspicuo gramático don León Sanz Lodre, martillo de incultos, y de título “Tratado de Gramática Española”. Don León era toda una autoridad también en Taquigrafía y Mecanografía de la Escuela de Comercio de Zaragoza. El ejemplar -según se supo después y casi por inercia— correspondía a la octava edición, y en él se proclamaba ser obra utilísima para preparación de exámenes. En letras todas mayúsculas, podíamos leer lo siguiente:LIBRO QUE HA OBTENIDO LOS MÁS CALUROSOS ELOGIOS. Y toda aquella retahíla de “prontos” que nos había perpetrado un curioso impertinente iba luego de lo que aquí se expone: “Muestra de uno de los ejercicios de esta obra, que aparece con los análisis morfológico, prosódico, ortográfico y sintáctico, muy detallados”. ¡¡Y sintáctico!! Después del exlibris del autor -un candelabro de tres brazos con las velas iluminando los libros de su feraz y sobrecogedora cosecha—, constaba el año, que era 1945, y asimismo traía noticia de la editorial. Era ésta propiedad (¿pintar como querer) del mismo don León, y estaba en la calle Alfonso I, número 20 de Zaragoza. De los exuberantes e interminables ejercicios incluidos en el volumen, y destinados a clarificar cuándo se usaba la hache y cuándo no, estaba éste: “En hoto (en confianza) te diré que vengo a la husma (a inquirir) de detalles relativos a la huida del huraño ujier o hujier. El jabato hozaba en las hortalizas del hortecillo. Fué hallada por el hortelano la hucha de la huerfanita, pero con evidentes señales de haber sido violentada para hurtarle los ahorros”. Y proseguía la andanada: “Los gestos que hizo Belisaria, cuando Eudoxia, también entre mohínes, le ofreció el jarabe, demuestran las divergencias que hay entre ambas hermanas gemelas”. Otro endiablado galimatías o ejercicio era de este tenor: “Casi no cabía una mano en la orbicular (redonda) oquedad de la encina, donde el ovejero había escondido los ovecillos (huevecillos) de la oropéndola”. Don León no se recataba en lo de usar la be o la uve, y preparaba lo siguiente: “A ese ovillo le has dado una forma oval (de huevo). Ya ves que la gallina está ahuecando las alas como signo de que va a aovar ( poner huevos), conque ahueca de ahí, que ahí estorbas, y si no, ¡ay! de ti”
-Pero ¿de dónde sacará estas palabras don Tigre?
-¡De don Tigre, nada: don León!
-¡Qué fiera este hombre con los vocablos! Es una cosa que espanta, ¿verdad, tú?

De no haber leído todo aquel rosario en un libro -¡cuánta autoridad la de la letra impresa- hubiéramos creído que se trataba de un invento estrambótico pergeñado por un individuo culto, o cultísimo, para mofarse del pedestre personal de su entorno, precisamente de nuestra ignorancia, la propia, eso sí, de voluntariosos guerreros. La didáctica del texto -bastante hortera o cursi por lo amañada, y ¡qué remedio!- organizaba sus elementos en oraciones gramaticales abiertamente descabelladas. Costaba admitir que alguien se atreviera a dejar escrito, y firmado con su nombre, aquello de “En el ovil o redil donde encerramos el ganado ovino (lanar), hay una oveja overa (de color melocotón) conviviendo con animales ovíparos”. ¡Buena sarta para leérsela al rabadán Selim! ¡O al Remigio aquel! Quedaba otra retahíla, algo menos chirriante, y que vendría como anillo al dedo para leída en nuestra botería a la hora del almuerzo: “El odre (bota o pellejo) tiene bastantes botanas o remiendos de badana y habrá que renovarle”…

A la espera de nuestra clase de aquella tarde, y pasados unos cuantos minutos de las cinco, nuestra lánguida mirada podía revolotear por el aula aquella -silenciosa y quieta tras la salida de ella del alumnado de primaria-, y, como una mosca repetida del verano, nuevamente se posaba sobre la gloriosa litografía del mapa aquel de la supuesta España. (El aula seguía oliendo igual que en años pasados: a goma de borrar, a blanda madera de lápiz y tal vez un poco a la tinta de sobre con que algunos adelantados ya hacían pinitos caligráficos con pluma de palillero. Pronto iba a llegar al mercado el peregrino invento de ¡la pluma de vidrio!, una especie de huso puntiagudo de esta materia con ápice final para escribir…(Etc.).

J. Payá Nicolau (De la novela “APENAS SI SE SUPO”)


 

El Miau Salomón, de “APENAS SI SE SUPO” (Novela de La Vila)

Con seguridad, al Miau Salomón, y a otros como él -aunque ninguno en su estilo-, le hubiera entusiasmado saber aquello del cretino que quiso matar a escopetazos las estampas de los santos, o mucho mejor, quemarlas en un bonito fuego intimidatorio. Usando la hoguera en lugar de apretar el gatillo, habría ahorro de munición, cosa esencial que ya escaseaba en los primeros meses de la guerra. Misteriosamente, la munición no llegaba a las trincheras donde se la necesitaba, y quizá era porque algún coronel quería que el ministro de la guerra reventara con un fracaso…y vengarse así de él por un ascenso no concedido. O aplicando una demora intencionada por estrategia diferente a la del mando, que por ahí —¡qué cosas!— se andaban ciertos rumores. (Prueba de la escasez de proyectiles era el trabajo en que estaban ocupados unos cuantos milicianos en nuestra ciudad, en esos días dedicados con entusiasmo significativo a matar las campanas del templo parroquial a mazazos y una a una. Con sus fragmentos se obtendría un cualificado metal para metralla. Entre tanto, el suelo del templo -espacio convertido en garaje-, estaba dotado de un foso para recomponer desperfectos y averías en vehículos a motor, cosa generalizada en muchas iglesias de la Zona Roja, y en las cuales las botellas de gaseosa se mantenían frescas en la pila bautismal entre piezas de hielo. También era ésta una ocurrencia que los milicianos tuvieron unánimemente en la mayor parte de ciudades, villas y pueblos…mientras quizá creían que liberaban definitivamente a los menesterosos de una opresión feudal de siglos).
Aquel Salomón casi vivía -y también filosóficamente- en el otro extremo del mundo. Vivía físicamente entre la voluntariosa carretera de Alicante a Silla y la barriada marinera que lindaba con las chumberas y los cañaverales salitrosos recayentes al mar, y no lejos del arbolado ancestral de higueras y almendrales. Su vivienda caía algo apartada del poblado por el que discurría en siglos anteriores el camino a la ciudad de Alicante, la primitiva vía que pasaba por el pie de las murallas y atravesaba aleatoriamente el cauce del río cuando aún no existía el puente de piedra y mortero. Pero a Salomón nadie tuvo que contarle lo de las imágenes quemadas y arrojadas al río aquella señalada y vergonzosa noche de mayo del 31. El suceso era de los que no se olvidan fácilmente: había contemplado el vociferante desafuero de arrojar los santos al vacío, y en llamas, agrupado a otras personas al borde del talud pedregoso del cauce fluvial. Y podía haber reconocido el rostro de los ruines y blasfemos a la luz de las llamas que consumían las imágenes. Con otros hombres, y rodeado como éstos de mujeres ahogadas por lastimeros sollozos, pudo verlo todo desde el ribazo de Poniente…Espectáculo tan soez tenía que embrutecer vilmente el buen nombre de la ciudad -¡y de la II República!-, y se producía en un gozoso y perfumado mes de mayo, el del rosario y los cantos devotos dedicados en las escuelas y los templos a la Virgen María. ¡Cuánta abyección de pronto y qué agonía ante aquella inutilidad! Entonces ya se imaginaba aquel Salomón cuánto miedo iban a pasar algunos como consecuencia de aquellos y otros desmanes. (En ciudades y pueblos donde había ocurrido algo similar, y aún más grave, sus autores eran de la misma calaña que los burdos individuos locales, que también habían querido quemar la iglesia de nuestra ciudad. Como cortados por el mismo patrón). Salomón no pudo dormir aquella noche ni las siguientes, sobre tratarse de una temporada laboral en que volvía medio muerto de la cantera -la de las Cuevas del Mar-, en donde bregaba no menos de diez horas cada jornada…
-¡Hay cosas que recuerdo como si estuvieran ocurriendo ahora mismo! Ya es mala suerte, ¿verdad?

(El Miau Salomón estaba preso en una reflexión que a veces le hacía concebir que él podía modificar cierta parte del pasado reciente, de modo y manera que de todo lo ocurrido desaparecieran los hechos colectivos que avergonzaban a cualquier ciudadano con sentido común. Pero la Historia de los pueblos no era una pizarra escolar donde el trapo quitaba de en medio aquello que no interesaba o que era incorrecto. No obstante, a su cabeza le llegaban ideas o soluciones que habrían podido suprimir tanta estulticia en la conducta de ciertos seres humanos…, de no tratarse de hechos ya consumados, de hechos amargamente inapelables…).

Al rememorar, creía el Miau que el preludio inductor de tan infame y espantosa noche, la de las imágenes de los santos ardiendo, fueron los sucesos similares habidos en la capital alicantina y en otros lugares de España, entre los cuales se llevaría la palma la ciudad Málaga. Bien que lo pagarían después los aterrados habitantes de esta ciudad bajo los inclementes bombardeos de la aviación franquista, y masacrados asimismo por los cañones de sus barcos de guerra…Años después, el Miau casi se iba a alegrar —pero sólo por haberlo previsto él— ante las represalias que todos aquellos sucesos ocasionaron. Parte considerable de la clase obrera española, anticlerical, anarquizante y sovietizada entonces, culpaba a la Iglesia española de haber estado aliada toda la vida con los propietarios y las monarquías para mantener al obrero en su perdurable condición de paria o siervo de la gleba. Las pautas para acometer las reformas sociales habían sido canceladas o modificadas a lo largo de los tiempos históricos, como la ya clásica y pendiente Reforma Agraria, que, con el advenimiento de la II República, algunos ya la creían inminente. Era en los días en que muchos ignorantes estallaban en ingenuo e irreflexivo gozo al proclamar el gobierno -en su esperpéntica y equivocada euforia- que España había dejado de ser católica (¡). Peligrosísimo aserto -y fallido deseo- que tan sangrientas consecuencias traería a miles y miles de españoles de izquierdas. Las masas obreras creían estar viendo la ocasión de librarse de yugos tradicionales, pero el estúpido libertinaje y las confrontaciones que hubo entre elementos del Frente Popular irían a desembocar en la pérdida de la guerra y en la feroz represión de Franco, siempre bendecido por la Iglesia. Implantada la República, había reaparecido la ya histórica e inaplazable reivindicación de los explotados secularmente por la clase dominante, y rápidamente se advertía -era otro tipo de incendio- que “la famélica legión” no iba a esperar tiempos razonablemente propicios para las reformas. A lo largo de los siglos, el pueblo había sido engañado demasiadas veces por sus gobernantes, y por ello desconfiaba de modo ostensible de las promesas políticas de su redención. .
Venía aquí, desgraciadamente, y como anillo al dedo para apoyar el razonamiento de semejante colisión, la idiota soflama de violencia aparecida en un semanario que se editaba en nuestra ciudad en el año 31, y en cuyo primer número -del sábado 12 de mayo-, el firmante J.S.S. (de las Juventudes Socialistas) arremetía contra la derecha política justificando como apropiadísima la quema de templos y conventos en Alicante capital y provincia, incluido enfáticamente lo ocurrido en nuestra localidad. Discurseaba con el tono propio de quien ha quemado imágenes sagradas, y según lo que releía el Miau con irritación: “Considero el 11 de Mayo -se podía leer- como la fecha más memorable para la historia de nuestros días, porque las multitudes como un solo hombre han sabido imponerse al Gobierno provisional de la República que, si bien formulan sus peticiones pacíficamente como ha ocurrido en el día de la Fiesta del Trabajo en toda España, no es por falta de virilidad y energía, sino por mezcla de consideración, respeto y condescendencia del pueblo para los hombres en quien desde el chispazo revolucionario de Diciembre, depositó su confianza y fe ciega (confianza y fe que tiende a desaparecer) al contemplar el pueblo que sus peticiones no son atendidas, y que en cambio significados elementos del poder central se empeñan en proteger y hasta incluir en la Naciente República a elementos viles y nefastos del antiguo régimen monárquico…” (Ahí estaba lo de siempre: la atribulada y exigente prisa por la solución de los agravios inferidos a la clase obrera, la más desfavorecida siglo tras siglo). Luego, el articulista emitía amenazas de violenta reivindicación progresista contra el gobierno “de Alcalá Zamora (…) y de esa parte del clero reaccionario que pide a grandes voces la restauración Borbónica, para proseguir al amparo del ansioso Rey, lucrándose con sus obscuros negocios a expensas del pueblo”. Con ello, estaba apoyando los ataques habidos aquel siniestro 11 de mayo contra los edificios del culto católico. El alegato se había escrito y firmado un día después de los condenables sucesos en nuestra ciudad, y la publicación lo daba en primera página.

-Un régimen democrático -percutía Pitágoras en su cuaderno, con letra de quien cuenta con poco papel para escribir- contiene su propia posibilidad de perder eficacia, cuando no la inconfundible probabilidad de desaparecer con anterioridad a cualquier pronóstico amable de duración. La causa es sencilla, y se basa en la misma razón que le imprime carácter, ya que esta razón consiste -por definición- en la libertad de disentir que se reconoce a sus militantes. ¡La libertad de disentir! En ciertos casos, y más allá de la discrepancia de un grupo interno frente a otro en la gestión de lo público, se produce una confrontación en la que intervienen más de dos criterios imperativos, tres, cuatro o cinco -y quizá más-, y no sólo de exposición, sino de estrategia resolutiva de actuación inmediata, acelerada. Si hay colisión sin adopción consensuada de una única directriz ¬apretaba Pitágoras, cuidando mucho la precisión¬ el tejido estructural democrático puede perder cohesión relacional para dar paso, fatalmente, a la disensión activa y embarazadora. Por tanto, ¿qué grado e intensidad de democracia sería aconsejable? Si se ha de admitir, por honestidad, la disparidad de criterios sin permitirse veleidad política alguna, admítase que el sistema democrático no es viable en una sociedad compuesta por individuos de la especie humana…, máxime si esos grupos están agusanados por gente inculta y, por lo tanto, y violenta. Si se propone que seamos honestos a ultranza, el sistema democrático no sirve como instrumento político de gestión. Sólo será eficaz cuando se acuerde por mayoría una especie de “deshonestidad operativa”, y cuya sustancia sólo sea la de una relajación no perseguible por el rigor de las leyes. Una aplicación implacable de éstas impide la gestión cabal de la cosa pública.
-¿Tú has entendido algo?
¿Yo? ¡Qué va! Ha dicho algo de una cosa democr…No sé. Yo creo que es algo parecido a lo que predica a escondidas don Fabián Urbios a sus discípulos. Eso se estudia en Ciencia Política. Nosotros no podemos entender semejantes cosas. Ni siquiera mi hermano las entiende, ¡y eso que estuvo años y años estudiando en Alicante…!
-¿Antes o después de los bombardeos…?
-Después. ¡Pero sí que le bombardearon a “calabazas” muchas veces, en junio como en septiembre!
-¡Vaya, hombre! Pero la calabaza al horno, ¡qué cosa tan buena!

José Payá Nicolau (De “APENAS SI SE SUPO”, novela de Villajoyosa)


 


De “El día de las pepónidas”

“―Rita abre la boca tal que así —la mujer abría la suya lo más que podía, igual que un saurio de los pantanos mejicanos— y no se deja nada en el tintero, aunque oculte algo en el bolso, sobre todo la marca y procedencia…, según dicen algunos desgraciados, aunque las cuentas valencianas y sus gritadores desembolsos pues.., ya ves, ¡mejor que no lo sepas, mujer! Mejor.

(Los desembolsos (!) señalados eran graves…y a todas horas los había, pero los más onerosos y vergonzantes serían, con el tiempo, los que habían tenido que hacerse para pagar los 1.027 millones de euros que teóricamente habían pasado ante las narices de aquella Rita para el montaje y ampliación del recinto de Feria Valencia. De tan idiota y alegre dilapidar del dinero de los valencianos se sabría algo más adelante, y, por tanto, la impetuosa y torpe alcaldesa llegaría a sentirse en equilibrio manifiestamente inestable, y su merecida situación personal aún resultaría más bochornosa en cuanto los tribunales de justicia retomaran el caso ‘Undargarín’ y el de la vergonzante y tristemente famosa depuradora de Emarsa, otra cruda y más que viscosa vergüenza ―nunca mejor dicho― para el gobierno autonómico valenciano. El magno e increíble saqueo operado en esa empresa, tan abotargada de empleados militantes del Partido Popular, dejaría atónitos a quienes tendrían la entereza de seguir ese caso en los periódicos. En total, habían volado 1.050 millones de euros, además de los 142 que en viajes y dietas se gastaron los caraduras que estuvieron gestionando la dichosa Feria bajo la presidencia de un tal Alberto Catalá, un señor de toda la confianza de aquella Rita. Ante tan sonadas arbitrariedades con el dinero de los impuestos de los valencianos, aún habría quien, ya casi vomitando la bilis de su crispación, se atreviera a canturrear la cantinela de ciertos párvulos o parvos escolares: ‘Santa Rita, santa Rita, / lo que se da no se quita’. O sea, pólvora dineraria entregada a gentuza del PP, dinero NO DEVUELTO a las arcas públicas).

El tema del “bolso de Rita”, tan heráldico en ciertas suposiciones, había motivado a la más volandera e ignorante compañera del grupito del ‘tío del mechero olvidado en casa’, una mujer que de los políticos Alí Babá valencianos lo ignoraba todo, hasta las propias cáscaras.
―Mujer…―se le aclaraba con indubitable fruición―, me refiero a un bolso Vuitton de ésos, que un bolso de ese rango, de esa firma puede valer entre 900 y 4.500 euros ¡Y si, además, a la alcaldesa Rita le regalan pues un Loewe ―no se sabe si también un reloj, como a la “miraculosa” Martínez Navarro―, pues entonces lucirá tan ancha como un estadio de fútbol…!
―¿Bolsos y relojes regalados? ¡Aaaaaah, bolsos y relojes, ya entiendo, regalados…! Pero bueno, ¿y qué si se lo han regalado? Ella no se arruga fácilmente. Si se lo han regalado será por su valentía y desparpajo, y por solucionar cosas desde su sillón de alcaldesa.
―Desde luego, desde luego. ¡Ya visteis cómo le plantó cara al Zapatero ése con el asunto de ‘las anchoas de Revilla, / corrupto el que las pilla’, dice mi sobrino, El Sombrilla.
―¿Corrupto también el rey…?
―¿Qué rey?
―¡Pues el rey… de anchoas! ¿Quién va a ser?

El consternado del encendedor olvidado ¿en casa?, muy contrariado y soso porque se imaginaba sombría a su amiga la ‘llamita ausente’, su auxilio predilecto, seguía investigando en todos sus bolsillos y se preguntaba, casi inconsciente, que de qué hablaban aquellas dos del bolso que iba ¡lleno de anchoas!, y lo hacía con el cigarro en la boca, aquella caducidad inminente y babosa, y sin saber dónde poner las manos cuando dejaba de hurgar y hurgar. Podía haber destinado parte de esa terne, alocada e imparable energía de sus manos a remover un poco aquel complejo de raíces que contemplaba la mayoría de los visitantes, los cuales se hacían lenguas de aquella hermética red de impávidas ‘culebras’ de diferente grosor, de un color gris oscuro y como de caucho, sí, como de goma dura o gutapercha. Había muchísima expectación, claro. Los mayores, casi ancianos, rodeaban el conato de cavidad practicado y hasta…

(De la novela inédita “El día de las pepónidas” de J. Payá Nicolau)


 

EN EL REINO DE LAS CA…CA…NICAS

Nosotros no habíamos jugado jamás a las canicas. La repetitiva alusión a este juego o distracción tenía su extensa y acendrada soberanía en textos escolares de lectura, en “tebeos de risa” o en acertijos aritméticos de las enciclopedias elementales. ¡Las canicas! ¿Quién más odiaría conmigo aquel vocablo…como primera aproximación de rechazo a lo que connotaba? Durante muchos años se me grabó aquella palabra, punzante y molesta, en la cabeza, y desde allí, desde la cabeza, percutía en mis labios. Sabía que esa palabra era patrimonio, si no de niños evidentemente ricos y regalados, sí de pudientes, bien vestidos y mejor alimentados. O mucho mejor que nosotros. Ellos detentaban la propiedad casi insultante de puñados de esas bolas de vidrio, maravillosas, a las cuales se las podía llamar también “bolas de agua”.
-De agua para el gua, de agua para el gua ¡Gua, gua!
Los propietarios de las canicas, salvo Alejo, no se juntaban con nosotros, que lo éramos de las bolas, a no ser que el aburrimiento y su tamizado entorno familiar les retuviera circunstancialmente en la pegajosa, lánguida y sucesiva situación de inapetentes, poco menos que enfermos. Era ése el instante mágico para nosotros, o para mí, en que sus celosos tutores consentían mi ingreso en el ámbito del niño refinado pero aburrido y melifluo, quieto y anodino. Éramos remedio de urgencia, y puntual, para el colmo de sus recurrentes desganas y posibles rabietas derivadas. Y creo recordar que, llegada la hora de la anochecida, al abandonar su territorio de excelencias objetivas, mis camaradas de la calle, los de todos los días comunes a casi todas las horas, me miraban con indefinible insistencia, lo bastante para que mi mala conciencia se sintiera aún más culpable. Y era que yo volvía de degustar, aunque algo cohibido y confuso, bondades vedadas a la mayoría, y de entre las cuales destacaba una insólita variedad de tebeos creados en Norteamérica…o Italia. Pero ellos ignoraban que aquella mi relación esporádica con el niño aburrido me suponía ciertas fricciones con él, pues este niño estaba deseando de continuo que dejáramos sus tebeos y pasáramos a la acción.
-¿Y por qué no quieres que juguemos a las canicas?-me preguntaba nada más iniciado el encuentro.
Al tiempo que tal vez indagaba yo las razones de mi abundante negativa, él me mostraba, sin ostentación alguna, las dos bolsas repletas de bolas…de agua. Yo seguía sin soltar sus deslumbrantes y envidiados tebeos, tratando de deshacerme de aquella pesadez de mosca veraniega. Pero el “dueño” insistía en que saliéramos a uno de los dos patios de que estaba dotada su casa, tan suntuosa y bien puesta. Patios cuya prestación más destacable consistía en permitir un exuberante despliegue de juguetes de todo tipo, acumulados a lo largo de unos cuantos años. Era una colección que nunca yo hubiera podido imaginar que existiera, y que, al parecer, únicamente desarrollaban sus prestaciones más articuladas, vivaces y reversibles cuando el niño aburrido y fláccido contaba con alguien de su edad que aportara vida a parque tan considerable. Y teníamos que dejar la lectura de sus tebeos…, que tan requeteleídos tenía él. Pero aquellos sus héroes no eran los nuestros, y la proximidad de los mismos a nuestra demarcación territorial e histórica resultaba difícil de admitir…
Aquella mi irreductible aversión a las canicas de vidrio no conllevaba desprecio hacia sus poseedores, y tiempo después me di cuenta de que era sólo la palabra canicas, siempre en plural, siempre la que apenas si ponía algo de su parte para que yo dejara de rechazarla en mi vocabulario. Seguramente vería en ella parte del adjetivo “canijo”. Muchísimos años después (!), cuando ya me había dado por escribir lo que yo calificaba de novelas, me alejaba imperativamente de vocablos que de ninguna manera llegaría a admitir para mis textos, y que además nunca pronunciaba…¡ni pronunciaría jamás! Y ni se me ocurría analizar por qué de esa violenta tirria a las mismas…, hasta que un par de “centurias” después descubriera que aquella actitud, y en literatura, se llamaba estilo.
Tras el aparatoso y obsesivo despliegue en el patio de tantos artefactos para matar su aburrimiento, el niño de vida holgada pero insustancial se las arreglaba para disponer, inocentemente, las coordenadas del resto de la tarde. Practicaba -¿hasta qué punto de manera inconsciente?- el dirigismo propio del que paga, el imperativo incontestable de quien concibe que puede manejar los hilos del rehén a su comodidad y capricho, y exprimirle hasta extraerle cuantas prestaciones de compañía y coro le reconoce.
-Otra tarde que vengas -me anunciaba, mientras caía la noche y él seguía tan cándido- jugaremos a las canicas.
-Que te crees tú eso- le replicaba yo con la mirada.

Jugaríamos a cualquier cosa, a lo que fuera, pero no a las canicas, que, además, no se parecían en nada a las bolas. Las mías siempre serían de arcilla, de un barro cocido y pintado a la buena de Dios, del dios alfarero. Por otra parte, ganarle algunas al Niño de los Dos Patios me recordaría aún más el haber pasado por su mansión esas tardes, además de hacer eso más visible a mis camaradas. Pero la realidad -apenas aplazable, y remisa a dejarse modificar- consistía fatalmente en regresar a casa y al medio habitual. Y asimismo -y todavía peor-, volver al seno de la pandilla, miembros de la cual aún se podían columbrar y reconocer -por sus voces, por su acribillada indumentaria sin recambios- a la enfermiza luz eléctrica salvada del régimen de restricciones de la España acorralada por Franco. La asilvestrada militancia lúdica de éstos seguía vociferando entre las sombras – -¡Auto, manos arriba!”-, deslizándose o fluyendo por los ángulos de las esquinas, en cuclillas algunos tras los hirsutos hierbajos del final no urbanizado de la calle. O disimulados en el vano residual del portillo viejo y pobre de la acequia que llevaba el agua de riego a los feraces huertos -¡y qué bien amurallados!- de los ricos de aquella calle, la principal. (¿Por qué “auto” y no “alto”? ¬nos preguntaríamos unos años después).

Al aceptar mi admisión para algunas tardes en la casa del niño Julián, ¿habría yo traicionado a los míos, a los de siempre? ¿Habría en la ley callejera algún tipo de prevista represalia en caso de atribuírseme tan evidente deserción del grupo, aunque ésta fuera esporádica? Posiblemente, la realidad resultara más dura: los que tendrían que reprocharme aquella claudicación lo más seguro sería que desearan tener opciones similares a la mía. (Decía un Pitágoras nuestro (Pitágoras era un erudito abrupto y solitario) que aquello era lo mismo que les ocurría a los individuos de la izquierda política, que siempre habían estado luchando para ser la derecha, o, al menos, para disponer de su patrimonio material y sus prebendas). Entonces, ¿cuándo les tocaría en suerte a ellos, cuándo ingresarían en aquél u otro emporio de juguetes, tebeos y prebendas en general, por más que fuera un disfrute episódico y deduciblemente efímero? Mientras transcurría todo aquello, se me pedía el relato minucioso de las horas transcurridas en un hogar como el de Julián, un ámbito doméstico donde los niños, tan mimados como tozudos y caprichosos, llamaban canicas a lo que no eran más que bolas.
-Bolas de tierra cocida y coloreadas de azul, coloreadas de rosa, coloreadas de verde…
-Coloreadas de etcétera.

En efecto, bolas de arcilla cocida y pintada. Y soberbios balines de acero, muy masculinos, perfectos en sus brillantes perímetros planetarios, fulgurantes como la plata, y más que contundentes en el preciso impacto que el buen tino les imprimía. Balines que, si bien nos llegaban afectados por ciertas úlceras en su amable superficie resultado de activos y continuados rodamientos-, eran muy decisivos en el apasionado juego de las bolas, y de los cuales apenas si sabíamos que habían funcionado en los cilindros de las ruedas de locomoción.
-¿Y qué diantre hacía el cilindro aquel en la cuneta de la carretera y junto a la higuera? Parecía un mineral oxidado. ¿Desde cuándo estaba allí? ¿Estaba allí toda la vida…?
-Mi tío dice que esa apisonadora está ahí desde el año 36, cuando lo del convento…
-Ex convento…, que quiere decir que ya no se es convento.
-Eso ya lo sé: cuando Pasa Paquita, tú dices: “Ahí va mi ex”.
-Ex..acto. Ex cilindro. Ex apisonadora, ex…lo que sea.

(La vieja apisonadora, vieja y muy oxidada ´-¿se la estaría buscando en otros lugares?, dormitaba en aquel sitio desde el año en que se habían echado abajo los restos del convento de los Agustinos. El edificio se quitó para abrir la carretera, la que todo el mundo llamaba Nueva. Tan inofensivo artefacto -la gente le llamaba “cilindro”- dormía junto a la higuera que se salvó completa de aquel tramo de carretera, y allí estaban ambos, asediados tenazmente por casi todas las malas hierbas que conocíamos, y que lo eran, naturalmente, por no tratarse de trigo, cebada, maíz o alfalfa….(Y por ignorarse su aplicación o virtudes). Por aquellos días del 36 también se desmontaría la estatua dedicada al sabio Dr. Esquerdo para trasladarla a la playa, precisamente al paseo que ya llevaba su nombre desde los años veinte. No estaba bien el monumento en la Plaza de la Constitución, a un paso o dos de la carretera a Silla, que entonces hacía allí un quiebro hacia el Norte y se insertaba entre los magníficos edificios de los pudientes de la calle Colón. Aquella plaza no era el mejor lugar para el monumento, pues en torno a él se asentaba el bullicioso mercado de hortalizas y verduras, que, según algunos, mejor estaría en la Plaza de Castelar o de la iglesia. Este lugar, recoleto y dentro de las murallas, ya tenía el precedente de haber sido mercadillo de la harina. Los ciudadanos sensibles, republicanos sobre todo, insistían en que la magnífica estatua no podía estar rodeada de desperdicios vegetales de los productos huertanos de cada día. Los vendedores de la producción hortícola -se insistía- tendrían que ocupar un puesto…en el mercado que se perseguía levantar ¡cuanto antes!…desde muchos años atrás.
De la novela vilera “APENAS SI SE SUPO” , de J. Payá Nicolau[


 

LOS AMANTES DE LA BALSA DE RIEGO…

En la misma curva de la carretera que unía Villavila con el pueblo de Vallcastell y el valle de Lalfaraz quedaba una pequeña balsa de riego rodeada de sembrados y de árboles frutales, sin cosecha por entonces y casi olvidados. La casa campesina que junto a ella se levantaba, abandonada desde hacía más de quince años y de paredes agrietadas hasta la segunda planta, su altura total, había recibido la noche anterior a un vagabundo, quizá un mendigo de esos que a la gente le parece que carece de rumbo determinado, como si se encontrara perdido y quizá sin recuerdos, o que no querría tenerlos. Allí se aposentó ese varón sin remilgos y a la buena de Dios, entre restos penosos de viejos y oxidados aperos campesinos, hilos de lana sucia, montones de paja y gallofa junto a resecas, pétreas algarrobas y, desde luego, huellas y deposiciones de algún que otro ratón. En las paredes de aquella cámara, una de las cuales se abría a un inestable balcón de dudoso ensolado de ladrillo rojo, había toda suerte de insertados colgaderos de palo, y sólo en uno había algo colgando: una cuerda de esparto que a su vez más bien ocultaba un candil absolutamente inservible y ominosamente graso y ennegrecido. Una colmena cilíndrica de paja y unas aguaderas, viejísimos ambos objetos, amenizaban del todo la única planta superior del vetusto, antiguo edificio campesino. El caminante pasó allí la noche y, al despertarse, a eso de las once de la mañana, se plantó en el dudoso balcón y allí fue deslumbrado por la luz de un sol espléndido. Piaban los pájaros en las arboledas, estériles ya por abandonadas, y por entre el revuelto herbazal de las hazas, de ya endurecida tierra. Otros, los gorriones, picoteaban y volaban corto de un lado a otro, si no se subían a las ramas bajas y descendían después al suelo para piar y pelearse entre ellos por las semillas o quizá por un insecto. “¡Yo lo he visto primero! ¡Es mío¡”, parecían piar al unísono y revolcándose con sus irresolutos y discutidos derechos.
Aquel hombre se despertó con un hambre feroz, más acuciante de lo que podía él mismo esperar. Sus ojos acusaban la debilidad de su estómago, que rezongaba de modo audible y salvaje. ¿Qué habría en aquellos bancales que le pudiera mitigar la revuelta de sus tripas, las tripas de un menesteroso sin rumbo fijo? Tenía que bajar de aquella altura y mirar detenidamente alrededor de la casona. Cuando se disponía a retirarse del balcón —un balcón en una casa agrícola no era cosa muy corriente, pensó—, escuchó fresquísimas risas de mujer provenientes de la balsa que había enfrente, a pocos pasos de la puerta medio derribada e imposible de la casa. Risas y más risas. Las exuberantes matas de anea remanentes en el suelo sin agua del rústico depósito, y los destellos solares, no le permitían ver muy bien si aquellas risas femeninas procedían del otro lado de la balsa o de su interior. Dio un paso atrás y, haciendo pantalla con su mano derecha, aguzó la vista, ¡y vaya sorpresa!: una mujer bastante joven y enteramente desnuda cabalgaba sobre el cuerpo también desnudo de un varón que tendría unos treinta o cuarenta años de edad. La chica estaba embelesada y a veces parecía que se iba a caer de espaldas en aquel ángulo seco de la pequeña balsa, aunque las poderosas manos del hombre la tenían bien cogida por las nalgas. El vagabundo no se creía lo que estaba viendo.
—¡María santísima ―farfulló―, qué fiesta se traen esos dos! ¡Y en una balsa de riego!

Pensó que, en efecto, allí pocos los verían desde los alrededores de la huerta, sólo los gorriones y los insectos, las hormigas mayoritariamente. En un momento dado, la chica levantó su busto, muy copioso, y sus ojos asimismo. Debió ver al que miraba con la boca abierta desde el añoso y equívoco balcón de oxidados hierros…, pero continuó con sus entusiastas movimientos sobre el afortunado varón. Mas, de pronto, y como en una doble confabulación contra los encendidos amantes, el trotamundos escuchó un rumor reconocible, el rumor del agua, el parloteo de la lengua del agua hablando consigo misma y avanzando bulliciosa por la herbosa acequia que en años pasados vendría a llenar semejante embalse.
—¡Eh, vosotros, vosotros, el agua, el aguaaaa, que viene! —gritaba el vagabundo a los titulares de la acalorada y exorbitante confrontación sexual, que bregaban en el agrietado y musgoso suelo de la balsa. “¡Eh, eh, cuidado!”, gritaba el hombre, barbado y reseco, mientras llegaba ya el agua, murmurando y pronta a caer en aquel receptáculo del riego campesino.

Los dos del paroxismo amoroso en naturaleza tan adánica se percataron, finalmente, del festivo murmullo del agua que corría por el brazal sólo unos segundos antes de que la linfa comenzara a precipitarse al interior del vetusto estanque. Chorreaba ya con cierto estrépito y alegría, liberada de pronto del itinerario de la tanda y dejando en suspenso, obviamente, el riego de terrenos de algo más abajo En vano estaría esperando aquel caudal el ya soliviantado propietario de aquellas tablas, que, de repente, habría visto cómo la luminosa madeja del agua se reducía a la intensidad de una pobre escorrentía. Ante la repentina llegada del precioso líquido, la chica, sólo graciosilla de cara pero con un cuerpo hermoso y pujante, daba grititos y se movía en aquella cavidad buscando cómo vestirse, cómo salir de allí, cómo…Y el varón, que ya se había abrochado casi todo lo que tenía que abrocharse, la empujó contra la cara interna de la balsa, la de su izquierda, y, apoyando sus manos en las nalgas femeninas, lanzó literalmente el cuerpo de la chica por sobre las hierbas del borde de la balsa. A él el agua ya le mojaba los tobillos y blasfemaba sin reparos. Luego, y despotricando con extrema irritación, salió de allí aunque no sin cierta dificultad porque sus pies resbalaban al pisar la hierba que enmarcaba el depósito. Cada cual se fue en una dirección distinta, atravesando bancales alocadamente y más que razonablemente despavoridos. Despavoridos y… podía ser que avergonzados. (Al hombre luego le consternaba el pensar que alguien les había estado siguiendo por entre el arbolado y los sembrados de la huerta…para, aprovechando el paso del agua por el brazal, deshacer la parada de tierra que permitía al líquido hacer un quiebro repentino y marchar contenta hacia la maldita balsa aquella. Y se crispaba por momentos…porque ahora ya existía alguien en la ciudad, por lo menos un individuo, uno, que había visto lo que él y su amiga hacían en aquel sitio esa mañana, y que ese testigo, habiendo observado la exuberante copulación, estaría imaginándose con delectación comunicadora que aquel capítulo era, lo más seguro, el que seguía a otros anteriores y a otros, aun sin saber cuántos ni en qué parajes).
‘Celebration’.
Cuando, diez o doce minutos después, el regante de abajo y el atandador del riego se plantaron, con maldiciones primorosamente gráficas, en el punto del agua desviada, y mientras el agricultor ponía su legón en movimiento restaurador, el mendicante vagabundo ya se iba de aquel sitio reorientándose para ver de alcanzar la carretera general. De allí se alejaba sonriendo al recordar la ‘tragedia’ de que había sido testigo muy poco antes desde su momentánea atalaya…

José Payá Nicolau (De “EL DÍA DE LAS PEPÓNIDAS”, novela inédita

CONOCER LAS CUENTAS DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA…

[…] que sobrevuelan este municipio sueñan, cual idiotas en su descompasada alegría, con altísimas torres de apartamentos que engullen panoramas naturales y desbaratan los valores del paisaje, y ‘vosotros, ustedes’, como dice Carmen Sevilla, pues hablando de extraterrestres…, y perdonadme.’
Las semillas de tan venerable y proteico almacén no eran sino árboles y lechugas, tomates, berenjenas y pimientos, organismos latentes con el asumido mandato de la Naturaleza, y que a su hora, no antes ni después, no, se abrirían a la vida organizada desplegando morfologías arbóreas y plantas de huerta en abanicos de verdes y posteriormente en floración de bella diversidad…y provecho. ¿No había ahí, tan cerca y espléndido, un verdadero mundo para ser pensado? En el mero espacio de una de aquellas semillas dormía el miterioso diseño de una criatura vegetal con todos sus implementos morfológicos para existir y desarrollar su ser completo, y cuya bondad en prestaciones era ofrecida finalmente al ser humano. (¿Cuántos niños y adolescentes de España habrían visto un tomate en su mata de la huerta, una berenjena…o una patata entre los esponjosos camellones del suelo agrícola?). Mientras se buscaban señales del mundo exterior para la fantasía ociosa de algunas cabezas ―ensoñación nada reprobable o simplemente algo boba―, el milagro más cercano pasaba casi desapercibido…porque el Hombre, que solía indisciplinarse en especulaciones de tebeo, se salía de los railes y rodaba en divagaciones inútilmente inútiles…, y en su condición de ciudadano apenas si se daba cuenta de que era estafado desde ciertas y regresivas oficinas públicas, empezando por la lentitud administrativa del genérico papeleo, cosa tan atosigante como febril. El señor Isidoro G. no reparaba en que también él incurría en fantasías al exigir al hombre de la calle que fiscalizara lo gestionado para la ciudad en nombre de los vecinos, porque la gran mayoría de éstos pasaban —lo confesaban a menudo— de política y creyendo que las cosas de la recta administración de sus impuestos y su aplicación venía ser, ¡vaya paular de ignorantes!, lo mismo que hablar de partidos políticos y tendencias y urnas electorales. Pasaban de averiguar en qué diablos se gastaba el dinero de sus impuestos, y ésa era la situación allá donde quiera que metieras la nariz. (Sí: también podría ser, desde luego, que en el fondo de su masa cerebral tuvieran grabado a fuego la imposibilidad genérica de que las cuentas municipales, comunitarias o estatales disponían en su’“naturaleza’ un resorte de oscuridad, de ocultación administrativa de ¿obligada aceptación para el individuo de la calle? Con esa insalvable y aceptada adversidad ―escasamente analizada por la víctima― crecía la mediocridad social, que se hundía sobre si misma, No obstante, los señalados por renunciar a tal fiscalización podían replicarte que la Administración Pública se rodeaba a menudo, por no decir siempre, de un portentoso y viscoso baluarte de silencio…por respuesta, irritándose algunos de los que poblaban sus troneras cuando les exigías datos o aclaraciones en su gestión. ¿Quién o quiénes sino la oposición política era la llamada, por definición, a hurgar en el itinerario administrativo de ayuntamientos, diputaciones, Comunidades Autonómicas y el propio gobierno central? Esas formaciones eran las establecidas por la Ley para tales menesteres…y no el simple ciudadano, horro en administración pública en su inmensa mayoría, cerrados los sombríos accesos a ella. ¿Había que ir a ‘morir’ a una gestoría o a un abogado para defender el administrado sus derechos…? (En una comunidad de vecinos ―se aducía en el almacén―, a los gestores electos se les exigen todo tipo de aclaraciones y datos de la gestión…y a veces hasta el céntimo en los gastos, pero ese rigor no juega en el control de ese mismo vecino a sus impuestos municipales…).

José Payá Nicolau (De “El día de las pepónidas”, novela inédita)


DE EDUARDO ZAPLANA, COMO DE PASADA

De la novela inédita “El día de las pepónidas” (2011)

Ya se sabía fijo, ¡y qué gran novedad! que el concejal del PIC (Partido de la Izquierda Crepuscular, con perdón) fletaba un minibús —no había dinero para superior envergadura— y envasaba en él a los jubilados que se apuntaran a visitar el ‘Parque Aquel de las Raíces Diabólicas’, que se había convertido en complejo botánico inexplicable…y hasta temible, según el parecer de algunos vecinos. Aquel agregado de gente mayor eran personas con umbrosos recuerdos de El prisionero del castillo de If, Gunga Din, La corona de hierro, Fu Manchu o La Amenaza de Andrómeda, además de otras cintas comoVinieron las lluvias, aquellos films de las primeras décadas del siglo veinte. Esa gente no había prestado atención a las películas de zombis o muertos vivientes, y ello podría ser debido a que…, en fin, no les gustaban semejantes podredumbres, tan requeridas por gente cuyos comportamientos y afanes eran tan detestables como ajena su generación, todavía sin nostalgia, a los patrones estéticos y sentimentales de aquellos jubilados. En cambio, sí se habían interesado por lo que oyeron decir de una botánica extravagante, “cosas de árboles muy extraños y nunca antes vistas”, aunque buena aparte de los varones comentarían que en aquella llanura nunca habían visto un solo árbol…, seguramente por estar agrupados en formación boscosa sobre la loma “de allá arriba”. Como consecuencia de tamaña y dicharachera expedición, los concurrentes, matrimonios la mayoría, pudieron echarse las manos a la cabeza al tiempo que se sentían faltos de palabras con que expresar la pasmosa singularidad de la muestra que observaban en silencio y hasta sigilosamente. Téngase en cuenta también que su cabeza de ellas ―su parte pensante― a veces pasaba con urgencia casi histérica por la peluquería porque se oyera decir en la tienda, en el comedio de la calle o en el mercado, que alguna de ellas quizá podía salir en el telediario de Canal Nou (o lo que fuera aquello que practicaba el PP de Camps a diario), bien al mediodía, bien por la noche o a ambas horas y más. Y todo porque en una de las calles de aquel barrio se había producido, un suponer, un crimen tremebundo de madrugada… A Canal Nou le entusiasmaban los crímenes y sucesos sórdidos en general, de los cuales hacía una vivisección ahíta de datos y detalles, un extremo que nunca hacía con la gestión política de Camps, la cual, y contra todos los preceptos de la Constitución Española, mantenía un hermetismo soberbiamente sucio, delictivo…y con artilladas “cláusulas de confidencialidad” a favor de lo más sombrío de su gestión. Entre los ejemplos que confirmaban la murada y babosa actitud, siempre a la defensiva, destacaban luminosamente: Cotino “el Sedoso” y Blasco “‘el Fiasco”, con y sin el crucifijo, respectivamente.

La excursión al parque botánico sobrecogedor, ¡lo nunca visto!, podía dar mucho de sí, y, puesto en práctica, los invitados se producirían con mucho ademán y pasmo y podía ser que con febril grandilocuencia, dentro de su raquítica capacidad léxica y verbal. (¿Qué se podía esperar de gente que en lugar de decir ‘más o menos’ decía ‘tarín marín’?). El caso era movilizar a las masas, naturalmente —pensaban los del PIC—, las que, con grande probabilidad, nunca votarían ni a sus propios cuñados militantes de ese partido, aseguraba alguien bromeando. Porque la España de esos días se desentendía de los grupúsculos que jamás iban a gobernar…y que ni siquiera tenían capacidad para crear enchufes laborales o emitir recomendaciones para gente sin trabajo. Pero, en fin, nadie se atrevió a mofarse de aquel regalo o distracción para los jubilados, que esos ancianos —y como era bien sabido— disfrutaban de muy buena “prensa”, más que nada porque, en general, sus hijos e hijas —salvo ciertas y plausibles excepciones— se desentendían bastante de ellos…y a veces el corazón colectivo de aquella ciudad les restituía el cariño —como en una paga dineraria de atrasos— regalándoles aires pajareros con acordeón y “pajaritos”, meriendas y excursiones a muy bajísimo precio. O gratis, si se acercaban las elecciones. (Eduardo Zaplana ―su realidad bautismal fue: Eduardo Andrés Julio Zaplana Hernández-SoroPP-Valencia-mitin-elecciones-generales logró reunir en 1998 a más de 50.000 jubilados valencianos de ambos sexos en el campo del Mestalla para supuestamente celebrar la Gran Fiesta de la Tercera Edad, cosa inventada suya. Se trataba de un acto electoral como la copa de un pino y también con Marcela Miró de por medio, la pobre inocente…. Después de los parlamentos y una escueta ración de magdalenas y refrescos calientes y antiguos, la enorme multitud de ancianos se las vio y se las deseó para concentrarse cada cual al pie de “su autobús”, agotados físicamente y seguramente ya conscientes de la envergadura de aquel sádico timo, uno más del señor Zaplana cuando ya veía cerca la posibilidad, aunque fuera telefónica, de forrarse por haberse infiltrado en la alta política gracias, recordaban algunos, a ‘La Bienpagà’ Maruja Sánchez. La Gran Fiesta no acabó en tragedia porque Dios no lo permitió, pues reunía, ya de noche, todos los elementos para que gente mayor y con achaques se perdiera y maldijera el haber caído en la oscura red de un político amoral y sus colaboradores. Dicho festival le costó al contribuyente, que no al PP, sesenta y cinco millones de pesetas…, lo cual era un desvergonzado robo más a los contribuyentes, y eso si no se había pagado con dinero B. ¿Y ese Zaplana, qué? ¿Qué con él…? Para muchísima gente informada y reflexiva, ese sujeto era un “wanted” al que la Justicia española había permitido que se fuera de rositas…, aunque la policía nunca dejó de investigarlo desde que confesara por teléfono a otro individuo del Partido Popular, Palop, que él, Zaplana, “estaba en política para forrarse”. Desde el año 1995, ya Presidente de la Comunidad Valenciana, aquel Eduardo instauró la trama de pagos en dinero B, o sea “dinero negro”, ese sistema que escapa a la fiscalización del Estado. En el año 2014 ―¡oh, oh, el futuro inmediato!―, y tal y como tendría que verse en su día, los lectores de El País pudieron leer el siguiente titular en su página 22: “La policía concluye que la financiación ilegal del PP empezó con Zaplana”. Bueno, se dirían algunos perspicaces: “¿Y con quién si no?” Pero habría que ver por dónde salían los jueces al quedar imputado semejante pájaro. Porque, lógicamente, España, necesitaba que los jueces, salvo los que tropezaban a veces con los abstrusos vericuetos de las leyes, actuaran como lo habría hecho el hombre de la calle, cuyo hartazgo alcanzaba ya límites explosivos respecto a las jugarretas de determinados políticos

José Payá Nicolau


De arbolitos secos…¿en Villajoyosa?

(Fragmento de un diálogo urbano en mi novela inédita “El día de las pepónidas”, años 2011-2013)

― Mire usted, hace casi dos meses, y en uno de mis paseos de cada tarde ―decía el forastero―, me tropecé con un signo muy hablador, hablador en contra de algunas de las personas de aquí…, y perdón otra vez, que yo no quiero molestar a nadie…

Había callado un momento, con lo que uno de sus ya conocidos del grupo le había animado a seguir hablando —: Vamos, siga usted, hombre. Diga lo que tenga que decir.
― Pues que… a doscientos pasos de esta cafetería, viajando hacia Valencia, hay un pequeño jardincillo —no podía, no sabía decir ‘pequeño jardín’, y redundaba como algunos presentadores de la televisión en España—; ese jardín municipal que terminaron hace ya más de año y medio , según me dijeron unas vecinas de esa calle. En ese sitio hay un arbolito, me parece un naranjo, que está completamente seco…, seco del todo. Desde que se plantó, ya digo, dicen, que han pasado trece o catorce meses,,, y nadie lo ha cambiado por un árbol vivo y con hojas verdes.
― Sabemos dónde para eso. Se plantó cuando terminaron el bulevar que dicen. El bulevar.
Tras una corta pausa, el hombre, aquel hombre que aún podía contemplar el mar desde la vivienda de su hija, especuló muy cómodamente, aunque con cierta y comedida irritación. Dijo:
― En aquella barriada viven empleados y algún que otro funcionario del ayuntamiento, que yo lo sé. Viven pero les da igual que el arbolito seco esté allí de pie aunque seco. Por ese punto cruza a diario la gente del barrio, los guardias municipales, los hombres de los camiones de la limpieza, los barrenderos, los avisadores del Cabildo Municipal…y todo el mundo, todo. ¿Ninguna de esas personas ha visto esa desgracia municipal, el espectáculo de abandono que eso da a entender?
― Es una vergüenza, sí que lo es ―asumía un compañero mientras que los demás asentían con la cabeza..
― Señores del Ayuntamiento, y perdónenme: ¿creen ustedes que hay ciudadano con mayúsulas en esta bonita, en esta bella ciudad? Si los hay, digo yo, ¿cómo es que ninguno de ellos ha comunicado a Jardinería Urbana que hace un año o más que hay un árbol seco en esa calle? Yo creo que la ciudad es cuestión de todos los que en ella viven; yo creo que…
―A lo mejor ―aventuró otro jubilado, como reblandeciendo el desaire municipal― alguien lo ha dicho y el Consistorio no se acuerda del asunto…
― De cobrar su nómina no creo que se olviden, ni de cobrar multas y sanciones…, porque hay que ver cómo crece eso que llaman el IBI, ¿es verdad, o no lo es?

Lo que parecía anecdótico representaba una muestra gritadora desgracia cívica. Nadie se había tomado en serio su responsabilidad como ciudadano, y en ese comportamiento se implicaban miles y miles de seres humanos adscritos a un municipio, español por más señas. Para esa indiferencia, para tan afirmada atonía ¿había una justificación razonable? Ni los barrenderos ni los municipales ni los empleados del Ayuntamiento en general ni los vecinos de la zona, y etcétera, se movieron para nada en el sentido de solucionar asunto tan simple, tan nimio y a la vez tan gráfico y llamativo. ¿Qué pensar sobre aquel caso?
― Que me perdonen, pero…
(Al hombre aquel le faltó sugerir que podrían organizarse visitas guiadas ‘al arbolito que lleva diez meses seco en una calle de esta ciudad’, y así los integrantes del grupo sabrían de un símbolo más que elocuente de lo que es un indicador del equívoco civismo de ciertas comunidades humanas, ¿verdad, usted?).

José Payá Nicolau

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Aquel profesor…

Aquel profesor, crispado y amargo ante la indefensión de tantos contribuyentes, se dolía de la inercia en la oposición política, si bien podía disculparla ante el bloqueo inconstitucional de la información negada minuciosamente por el Consell de dom Camps. De ahí, principalmente, el que se diera al epigrama desbordado, al verso o vociferio chusco, una jácara que nacía del rescoldo dejado por las ‘hogueras’ que habían sido los grandes ―y ruinosos― eventos’ de don Camps pagados por todos sus ‘palmeros’ y los que jamás lo habrían sido y vomitaban a veces. Aquellos ‘eventos’ no eran más que el humo de las promesas políticas repetidas, los complicados inventos que acababan generando cuantiosísimas deudas al contribuyente pero con el aplauso de tantos y tantos tontainas valencianos. (Estos valencianos nunca iban a creer que con su voto se convertían en cómplices necesarios de las andanzas del Muy Honorable, puesto que semejante culpabilidad escapaba a su tumefacta capacidad mental, la de sus tan apasionados incondicionales). Cuando ya estaba investigando Anticorrupción por entre los complicados y equívocos entresijos urbanísticos de la Comunidad Valenciana, el diario de ‘Jotapedro’ aún no se había decidido a informar, al parecer, sobre las dentelladas que degradaban sádicamente la belleza del territorio. Tampoco se mostraba crítico, en general, con la conducta de los ediles del PP, a los que parecía tener blindados por exclusión, frente a los del Partido Socialista. Lo mismo hacía con lo reprobable de la conducta política de Camps y sus Consejeros, lo cual inducía a sospechar a muchos observadores que “El Mundo” estaba pagando determinados favores al gobierno del Muy Honorable…, mientras que todo le servía a su ‘YONarciso’ para seguir arremetiendo contra el gobierno socialista, cosa que hacía sin pudor y con mal disimulados descubiertos de amarillismo. (Tenía su público y su público quería eso, que los socialistas desaparecieran del espectro político español… quizá por haber derrotado al PP en las elecciones de 2004, tal vez no sólo por eso. Escenificaba en su medio, y sin pudor alguno, una ‘brillante dedicación’ a los desheredados españoles, pero no desaprovechaba la ocasión ―como hacían a menudo los medios de ‘la derechona’ confesa― de atacar las costumbres y hábitos de las masas sociales de la izquierda política. Como al PP, a ese diario parecía molestarle que hubiera jubilados octogenarios, personas dependientes, mendigos y toda esa ‘ganga social’ que, por definición, esperaba que un partido como el Socialista Obrero Español impusiera y vigilara el cumplimiento de la política redistributiva en España). Por otra parte, ¡qué feliz haría a Pedrojota derribar al gobierno de Zapatero siguiendo los míticos pasos de los periodistas USA que forzaron al impeachment de Nixon y su consiguiente dimisión! Pedro quería ser a la vez el Bemstein y el Woodward de un Watergate español. Y por ahí resoplaba el hombre…, un ente humano al que los seres inteligentes de izquierda jamás en la vida iban a dar crédito a cuanto decía desde su más que conocida, conocidísima ‘ética’. Pedro J. Ramírez, había dicho Felipe González, es un ser amoral’. Y aún vendría un tiempo ―’¡Válgame Dios’, que diría Cela― en que la prensa de derechas se pusiera al ataque ―‘¡Noool!’― contra Rajoy cuando viera que las izquierdas le iban a destronar, a echarlo del gobierno central, que era lo temible, lo infernal para la referida ‘derechona’…

En cuanto al asunto del Urbanismo, pocos recordaban ―no les interesaba hacerlo, ya se ha dicho― la consabida Liberalización del Suelo promulgada porAznar, aquella maniobra que permitiría edificar sobre cualquier palmo del territorio nacional y aunque se acribillara al paisaje troceándolo sin sensibilidad alguna. La faraónica permisividad de los gobiernos de aquel José Mari llevaría a muchos valencianos y residentes extranjeros a desesperadas situaciones frente al expolio de sus propiedades, que terminarían como suelo edificable en manos de las constructoras y el nefasto Agente Urbanizador, un individuo prepotente e imperativo por saberse, más que creerse, que tenía bien atado a un concejal de Urbanismo o al Consistorio entero de un pueblo o ciudad. ¡Qué contenta entonces la derecha política valenciana! Aquello era una feliz oportunidad recaudatoria sin precedentes, y a sus cargos políticos no le iba a quitar el sueño la salvajada maloliente de las atrocidades urbanísticas que se disponían a permitir. Además, el mascarón de proa de la Generalitat en aquellos enredos ―otros lo llamaban ‘atracos’― era Blasco Castany, el sujeto más ‘adecuado’ para semejantes monstruosidades bajo el articulado de la LRAU…, de manera que aquello se convirtió en un festival de licencias de construcción sin límites. Hubo trabajo para mucha mano de obra, pero pocos años después, no muchos, el ambiente verbenero que se había creado iba a dejar pasmados a los cretinos que vieron cómo se venía abajo el invento y cómo la gente se iba al paro. (En el transcurso de tan reprobables operaciones, las relaciones políticas y, por ende, las humanas, se dieron a confrontaciones a veces hasta violentas, tanto en los consistorios como en el ágora o plaza pública. Venganzas, represalias disimuladas, denuestos e incluso graves desafíos dejaron su huella en el chirriante comportamiento de la gente, al tiempo que las conductas, las éticas y las no éticas, quedaban fijadas como en cartelones pegados en las paredes y muros de calles, avenidas y plazas. Y, como regalo útil, pronto se sabría —y no era poco— quién era cada cual, qué trinchera ocupaba y qué era lo que quería, sobre todo en los pueblos y ciudades pequeñas.
Por eso parecía conveniente, y como en el llamado derecho al pataleo, recurrir al romance, ‘a los cantares de ciego’, como decía el profesor, visto y comprobado que no había ciegos más perseguibles que aquellos que no querían ver. Éstos eran los que pastoreaban creyendo que ‘arrimarse a una buena sombra’ era lo mismo que votar al Partido Popular, que por ello aplaudían hasta enloquecer a la ‘trajeada’ figura valenciana de don Camps Ortiz y otros maniquís andantes…y sin tener muy claro si algún día iban a alcanzar un poquitín, una pizca de la ‘tarta’ que algunos políticos del PP detentaban y repartían entre sus más allegados…

(Fragmento de la novela inédita de José Payá Nicolau titulada “EL DÏA DE LAS PEPÖNIDAS”)

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De arbolitos secos…¿en Villajoyosa?

(Fragmento de un diálogo urbano en mi novela inédita “El día de las pepónidas”, años 2011-2013)

― Mire usted, hace casi dos meses, y en uno de mis paseos de cada tarde ―decía el forastero―, me tropecé con un signo muy hablador, hablador en contra de algunas de las personas de aquí…, y perdón otra vez, que yo no quiero molestar a nadie…

Había callado un momento, con lo que uno de sus ya conocidos del grupo le había animado a seguir hablando —: Vamos, siga usted, hombre. Diga lo que tenga que decir.
― Pues que… a doscientos pasos de esta cafetería, viajando hacia Valencia, hay un pequeño jardincillo —no podía, no sabía decir ‘pequeño jardín’, y redundaba como algunos presentadores de la televisión en España—; ese jardín municipal que terminaron hace ya más de año y medio , según me dijeron unas vecinas de esa calle. En ese sitio hay un arbolito, me parece un naranjo, que está completamente seco…, seco del todo. Desde que se plantó, ya digo, dicen, que han pasado trece o catorce meses,,, y nadie lo ha cambiado por un árbol vivo y con hojas verdes.
― Sabemos dónde para eso. Se plantó cuando terminaron el bulevar que dicen. El bulevar.
Tras una corta pausa, el hombre, aquel hombre que aún podía contemplar el mar desde la vivienda de su hija, especuló muy cómodamente, aunque con cierta y comedida irritación. Dijo:

― En aquella barriada viven empleados y algún que otro funcionario del ayuntamiento, que yo lo sé. Viven pero les da igual que el arbolito seco esté allí de pie aunque seco. Por ese punto cruza a diario la gente del barrio, los guardias municipales, los hombres de los camiones de la limpieza, los barrenderos, los avisadores del Cabildo Municipal…y todo el mundo, todo. ¿Ninguna de esas personas ha visto esa desgracia municipal, el espectáculo de abandono que eso da a entender?
― Es una vergüenza, sí que lo es ―asumía un compañero mientras que los demás asentían con la cabeza..
― Señores del Ayuntamiento, y perdónenme: ¿creen ustedes que hay ciudadano con mayúsulas en esta bonita, en esta bella ciudad? Si los hay, digo yo, ¿cómo es que ninguno de ellos ha comunicado a Jardinería Urbana que hace un año o más que hay un árbol seco en esa calle? Yo creo que la ciudad es cuestión de todos los que en ella viven; yo creo que…
―A lo mejor ―aventuró otro jubilado, como reblandeciendo el desaire municipal― alguien lo ha dicho y el Consistorio no se acuerda del asunto…
― De cobrar su nómina no creo que se olviden, ni de cobrar multas y sanciones…, porque hay que ver cómo crece eso que llaman el IBI, ¿es verdad, o no lo es?

Lo que parecía anecdótico representaba una muestra gritadora desgracia cívica. Nadie se había tomado en serio su responsabilidad como ciudadano, y en ese comportamiento se implicaban miles y miles de seres humanos adscritos a un municipio, español por más señas. Para esa indiferencia, para tan afirmada atonía ¿había una justificación razonable? Ni los barrenderos ni los municipales ni los empleados del Ayuntamiento en general ni los vecinos de la zona, y etcétera, se movieron para nada en el sentido de solucionar asunto tan simple, tan nimio y a la vez tan gráfico y llamativo. ¿Qué pensar sobre aquel caso?
― Que me perdonen, pero…
(Al hombre aquel le faltó sugerir que podrían organizarse visitas guiadas ‘al arbolito que lleva diez meses seco en una calle de esta ciudad’, y así los integrantes del grupo sabrían de un símbolo más que elocuente de lo que es un indicador del equívoco civismo de ciertas comunidades humanas, ¿verdad, usted?).

José Payá Nicolau

 

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